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lunes, 24 de septiembre de 2007
Monday, Monday
Hay una canción de "The Mamas & The Papas" que se titula "Monday, Monday" y que estoy casi seguro de que todos habréis oido alguna vez.
En un resumen muy rápido, la letra viene a definir el lunes como un día de abandonos y decepciones.
Yo ya había llegado a la conclusión desde mi más tierna infancia de que esto del lunes era un mal invento, pero no había acabado de darme cuenta de cuál era la razón exacta.
Hoy, al comprobar que, una vez más, mis boletos de la primitiva no estaban premiados, me he dado cuenta de cuál es el verdadero problema del lunes.
¿Decepción, desilusión, ...?
...
lunes, 9 de julio de 2007
Les parapluies de Cherbourg
Hace ya más de dos semanas disfruté de un compendio o cóctel de vida francesa francamente inmejorable (el mundo cosmopolita de París y el de ciudad de provincias de Cherbourg), que han confirmado determinadas intuiciones que ya tenía.
He decidido agrupar alguna de esas sensaciones o descubrimientos bajo un único "título paraguas" en el más literal sentido del término y, como ya viene siendo costumbre en mí, he robado el título prestado de una película francesa de 1964: Los paraguas de Cherburgo o, mejor en este momento afrancesado de mi existencia, Les parapluies de Cherbourg.
Estos son algunos de mis descubrimientos confirmados:
- Que los franceses medios son las personas de este mundo que mejor dominan la técnica de parecer que hablan de las cosas más profundas y glamourosas cuando están hablando de algo tan cotidiano y vulgar como reparar el grifo del baño o verificar el horario del tren.
- Que esta pose es contagiosa: al cabo de unos días hablando francés acabas teniendo la impresión de estar estirando los músculos de la cara más de lo recomendable y que se te pone esa cara de los franceses tan especial (¿de estirados?).
- Que si una película, que se titula "Los paraguas de ...", está ambientada en una tienda de paraguas de Cherbourg es porque allí llueve todo el tiempo (a mí me llovió encima y con bastante saña) y a todo francés medio le parece lo más normal que haya una tienda de paraguas en esa ciudad y que sea un buen negocio.
- Que, aparte de agua en forma de mar y más agua en forma de lluvia, no hay mucho más en esa ciudad.
- Que los franceses son capaces de aprovecharse mejor que nadie del glamour casual o sobrevenido y, además de vender, por ejemplo, visitas guiadas al túnel donde se estrelló Lady Di, son capaces de crear paraguas con denominación de origen Cherbourg (en serio) e intentar colocártelos a 100 € la unidad, sólo porque Catherine Deneuve hizo allí una película con paraguas.
- Que París junto al Sena es muy parecido a una postal sobre París.
- Que, si nos fiamos de lo que se ve en el aeropuerto de Orly, Disneyland París y el resto de los parques de atracciones del entorno (como Asterix) deben de estar llenos de españoles. Bastante jóvenes y gritones, por cierto.
- Que las estaciones de tren tienden a ser un poco tristes y destartaladas, incluso en Francia.
- Que en el metro de París puedes ver al mismo tiempo unos pasillos y andenes cutres y un coro de aspecto de aspecto tirolés, con más de una docena de integrantes limpios, bien alimentados y vestidos con sus mejores galas y cantando como si fuera en serio, acompañados de una tarjeta bien visible con la correspondiente autorización municipal para estar allí.
- ...
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lunes, 18 de junio de 2007
Atrapado en el tiempo 2
Vuelve a ser un lunes de relativa derrota.
No es que me importe mucho el fútbol, de hecho no me interesa más que muchas otras cosas sin las que podría vivir y no sentir ninguna carencia. Sin embargo, no me gusta ver como el Real Madrid gana una liga y despierta los peores instintos o tendencias "madriles" de algunos de mis más infectos conciudadanos. Especialmente si, el mismo día, la hazaña épica del Athletic es sobrevivir y evitar caer en la humillante segunda división.
Tampoco es nada agradable ver que en mi pueblo, el de verdad, unos concejales electos no hayan querido o no se hayan atrevido a ir a recoger sus actas de concejal porque los de siempre, que creen estar por encima del bien y del mal, vuelven a ejercer su amenaza mafiosa, que es el lenguaje que mejor dominan.
Tengo que unir eso a un sopor mental digno de mayores esfuerzos y vuelvo a encontrarme en un estado muy similar al de hace ya tres lunes (aquel que describía en el post de "Atrapado en el tiempo" y que, os recuerdo, era un lunes post electoral):
- Han ganado los otros (por el tema 1).
- Sigo sin entender lo imbécil que puede llegar a ser la gente y extiendo mi frase de entonces, "no parece que haya solución para los madrileños", a "tampoco parece que haya solución para algunos (desgraciadamente bastantes) de mi pueblo" (esto se aplica al tema 1 y al 2).
- Además, vuelvo a sentirme como una marmota (esto se aplica a mí mismo).
- Finalmente, pero lo más importante de todo, ¿por qué no me ha tocado el Gordo tampoco este domingo? (esto puede aplicarse a mí, mi familia y otros allegados, que se habrían visto beneficiados por mi repentina riqueza).
Como veis, como los peores directores de cine, estoy haciendo un remake malo de un original malo. Si no fuera porque alguna de las cosas que digo son muy serias, hasta parecería una mala parodia. Desgraciadamente, no alcanza a ser comedia, como mucho tragicomedia.
¿Será esta repetición de estado anímico un castigo por haber escrito aquel post irrespetuoso sobre historias que se repiten?
Ya se sabe que es muy peligroso jugar con las palabras. Supongo que todavía es más peligroso si se trata de palabras que, así puestas unas junto a otras, son títulos (igual infrinjo hasta derechos de autor y viene algún abogado a demandarme).
Pero, si no jugamos con las palabras, ¿con qué vamos a jugar?
...
No es que me importe mucho el fútbol, de hecho no me interesa más que muchas otras cosas sin las que podría vivir y no sentir ninguna carencia. Sin embargo, no me gusta ver como el Real Madrid gana una liga y despierta los peores instintos o tendencias "madriles" de algunos de mis más infectos conciudadanos. Especialmente si, el mismo día, la hazaña épica del Athletic es sobrevivir y evitar caer en la humillante segunda división.
Tampoco es nada agradable ver que en mi pueblo, el de verdad, unos concejales electos no hayan querido o no se hayan atrevido a ir a recoger sus actas de concejal porque los de siempre, que creen estar por encima del bien y del mal, vuelven a ejercer su amenaza mafiosa, que es el lenguaje que mejor dominan.
Tengo que unir eso a un sopor mental digno de mayores esfuerzos y vuelvo a encontrarme en un estado muy similar al de hace ya tres lunes (aquel que describía en el post de "Atrapado en el tiempo" y que, os recuerdo, era un lunes post electoral):
- Han ganado los otros (por el tema 1).
- Sigo sin entender lo imbécil que puede llegar a ser la gente y extiendo mi frase de entonces, "no parece que haya solución para los madrileños", a "tampoco parece que haya solución para algunos (desgraciadamente bastantes) de mi pueblo" (esto se aplica al tema 1 y al 2).
- Además, vuelvo a sentirme como una marmota (esto se aplica a mí mismo).
- Finalmente, pero lo más importante de todo, ¿por qué no me ha tocado el Gordo tampoco este domingo? (esto puede aplicarse a mí, mi familia y otros allegados, que se habrían visto beneficiados por mi repentina riqueza).
Como veis, como los peores directores de cine, estoy haciendo un remake malo de un original malo. Si no fuera porque alguna de las cosas que digo son muy serias, hasta parecería una mala parodia. Desgraciadamente, no alcanza a ser comedia, como mucho tragicomedia.
¿Será esta repetición de estado anímico un castigo por haber escrito aquel post irrespetuoso sobre historias que se repiten?
Ya se sabe que es muy peligroso jugar con las palabras. Supongo que todavía es más peligroso si se trata de palabras que, así puestas unas junto a otras, son títulos (igual infrinjo hasta derechos de autor y viene algún abogado a demandarme).
Pero, si no jugamos con las palabras, ¿con qué vamos a jugar?
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lunes, 28 de mayo de 2007
Atrapado en el tiempo
Siguen persiguiéndome los títulos con mensaje oculto.
Hace unos días volví a oír hablar de una película intrascendente, que recuerdo haber visto en un autobús hace ya muchos años y que había olvidado por completo. Se trata de Atrapado en el tiempo, con Bill Murray y, la entonces guapísima, Andie MacDowell. No me atrevo ni a recomendarla ni a no hacerlo, ya que confieso que no dejó en mí ninguna huella.
Supongo que será la película perfecta para verla en casa, después de comer y cuando la digestión haya reducido el riego sanguíneo del cerebro lo suficiente como para que te dé lo mismo ver un documental sobre el románico palentino, un programa de cocina, un culebrón o una película intrascendente.
Conozco ese estado físico-mental y me parece altamente recomendable no intentar ver o hacer nada profundo en esos momentos: podría tener peligrosos efectos secundarios no descritos en la actual literatura médica, pero no por ello menos dañinos.
Como, por una imprevisible carambola, esa película ha venido desde el "Emule" a mis manos (aunque parezca surrealista, estaba de relleno en un DVD que me pasaron con Babel ), es posible que próximamente ponga en práctica la teoría de que verla puede ser una buena opción para esos estados de baja actividad cerebral posteriores a la comida del sábado o domingo. Ya os contaré si ha funcionado.
(Por cierto, parece menos surrealista que Atrapado en el tiempo y Babel estén en el mismo lote, si uno conoce a los personajes culpables de ese "mestizaje". No puedo hablaros de ellos porque eso sería hablar de trabajo y ese es un tema prohibido en este blog, salvo caso de necesidad extrema.)
Ahora vuelvo a lo mío, que es que esta película me sirve para reflejar la sensación que he tenido al conocer los resultados en Madrid de las elecciones de ayer. No sé si lo sabéis o recordáis, pero la historia de Atrapado en el tiempo se basa en que su protagonista, por "arte de magia", se encuentra con que un mismo día se repite sin que avance la fecha. Como dato complementario, os recuerdo que se trata de El día de la marmota, que, por cierto, es el título original de la película.
Recuerdo que la mayor (¿o la única?) alegría que me supuso empadronarme en Madrid era la posibilidad de votar "contra Manzanares", como decíamos Mk. y yo, hablando del ínclito Álvarez del Manzano.
Desde entonces han pasado varias convocatorias electorales y continúa sin haber forma de librarse de que los alcaldes de Madrid y los presidentes de la Comunidad sean del PP.
Si el caso del alcalde mejoró un poco (pero muy poco) al cambiar a Álvarez del Manzano por Ruiz-Gallardón, el del presidente de la Comunidad, empeoró aun más, al traernos a la inefable e insufrible Esperanza en el lugar de Ruiz-Gallardón.
Hoy lunes, cuando me estaba despertando y oía en la radio que mis ilusiones de cambio no sólo no se habían cumplido, sino que incluso el PP había mejorado en sus resultados, no he podido evitar esa sensación de estar atrapado en el tiempo. Es como si la misma mañana post electoral se repitiera una y otra vez.
No parece que haya solución para los madrileños, que parecen dispuestos a votar a la derecha de forma indefinida.
Al mismo tiempo, no sé si por culpa de la hora o del día ... también me he sentido en El día de la marmota. Como veis, en un alarde de esnobismo, me he identificado tanto con la versión original-traducida como con la traducida-adaptada del título.
¿Tendré que hacérmelo mirar?
...
Hace unos días volví a oír hablar de una película intrascendente, que recuerdo haber visto en un autobús hace ya muchos años y que había olvidado por completo. Se trata de Atrapado en el tiempo, con Bill Murray y, la entonces guapísima, Andie MacDowell. No me atrevo ni a recomendarla ni a no hacerlo, ya que confieso que no dejó en mí ninguna huella.
Supongo que será la película perfecta para verla en casa, después de comer y cuando la digestión haya reducido el riego sanguíneo del cerebro lo suficiente como para que te dé lo mismo ver un documental sobre el románico palentino, un programa de cocina, un culebrón o una película intrascendente.
Conozco ese estado físico-mental y me parece altamente recomendable no intentar ver o hacer nada profundo en esos momentos: podría tener peligrosos efectos secundarios no descritos en la actual literatura médica, pero no por ello menos dañinos.
Como, por una imprevisible carambola, esa película ha venido desde el "Emule" a mis manos (aunque parezca surrealista, estaba de relleno en un DVD que me pasaron con Babel ), es posible que próximamente ponga en práctica la teoría de que verla puede ser una buena opción para esos estados de baja actividad cerebral posteriores a la comida del sábado o domingo. Ya os contaré si ha funcionado.
(Por cierto, parece menos surrealista que Atrapado en el tiempo y Babel estén en el mismo lote, si uno conoce a los personajes culpables de ese "mestizaje". No puedo hablaros de ellos porque eso sería hablar de trabajo y ese es un tema prohibido en este blog, salvo caso de necesidad extrema.)
Ahora vuelvo a lo mío, que es que esta película me sirve para reflejar la sensación que he tenido al conocer los resultados en Madrid de las elecciones de ayer. No sé si lo sabéis o recordáis, pero la historia de Atrapado en el tiempo se basa en que su protagonista, por "arte de magia", se encuentra con que un mismo día se repite sin que avance la fecha. Como dato complementario, os recuerdo que se trata de El día de la marmota, que, por cierto, es el título original de la película.
Recuerdo que la mayor (¿o la única?) alegría que me supuso empadronarme en Madrid era la posibilidad de votar "contra Manzanares", como decíamos Mk. y yo, hablando del ínclito Álvarez del Manzano.
Desde entonces han pasado varias convocatorias electorales y continúa sin haber forma de librarse de que los alcaldes de Madrid y los presidentes de la Comunidad sean del PP.
Si el caso del alcalde mejoró un poco (pero muy poco) al cambiar a Álvarez del Manzano por Ruiz-Gallardón, el del presidente de la Comunidad, empeoró aun más, al traernos a la inefable e insufrible Esperanza en el lugar de Ruiz-Gallardón.
Hoy lunes, cuando me estaba despertando y oía en la radio que mis ilusiones de cambio no sólo no se habían cumplido, sino que incluso el PP había mejorado en sus resultados, no he podido evitar esa sensación de estar atrapado en el tiempo. Es como si la misma mañana post electoral se repitiera una y otra vez.
No parece que haya solución para los madrileños, que parecen dispuestos a votar a la derecha de forma indefinida.
Al mismo tiempo, no sé si por culpa de la hora o del día ... también me he sentido en El día de la marmota. Como veis, en un alarde de esnobismo, me he identificado tanto con la versión original-traducida como con la traducida-adaptada del título.
¿Tendré que hacérmelo mirar?
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jueves, 17 de mayo de 2007
Los paraísos perdidos.
Hace ya unos cuantos días, por casualidad, me llegó una noticia que hablaba del director de cine Basilio Martín Patino y que tenía uno de esos enlaces que no puedes dejar de pulsar. En este caso era a su página web personal, en la que, entre otras, se hablaba de una película titulada Los paraísos perdidos.
No sé por qué, pero últimamente me encuentro con títulos de libros o de películas que me sugieren cosas que conectan directamente con otras de mi vida cotidiana y que parecen propuestas para posts como éste. Parece como si hubiera creado, sin querer, una sección Los títulos de mi vida.
No recuerdo haber visto esa película. Por lo que dice su ficha, habla de una mujer que vuelve, muchos años después, al territorio de su infancia y se reencuentra con los lugares y personas que compusieron su entorno antes de su marcha, en este caso al exilio. En este contexto reflexiona, imagino que con mucha nostalgia, sobre "los paraísos perdidos".
Como decía Jorge Manrique, a veces parece que "todo tiempo pasado fue mejor" o que los únicos paraísos posibles son los perdidos. Algunas veces perdidos incluso antes de conseguirlos. Serrat también dice en su canción Lucía que "no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí".
Parece como si hubiera una confabulación de poetas, cantantes y cineastas para hacernos creer que el paraíso está en nuestro pasado, en las cosas que hemos ido dejando atrás, en nuestra infancia, .... Se trata de un eslogan, que diríamos ahora, que tiene mucho éxito desde el principio de los tiempos. Por lo menos desde que existe la literaruta.
Todos sabemos que, en el fondo, es falso. Que en el pasado hemos tenido episodios tan desagradables, aburridos o tristes como alguno de los actuales. Y que, las que ahora parecen pasadas etapas de felicidad perfecta, no lo eran tanto. Por ejemplo, antes y al lado del primer beso adolescente, hay todo tipo de incertidumbres, miedos, ... hasta situaciones ridículas. La distancia y la nostalgia tienden a hacer que sólo recuerdes el beso y que olvides el resto de las situaciones vitales que lo rodearon y que, en realidad, fueron mucho más largas.
Algo parecido me sucede (creo que no sólo a mí) en mis periódicas visitas a mi paraíso perdido particular: mi pueblo, mi familia, ... . Recupero sólo la parte bonita de todo ello. Para mí es un lugar en el que siempre es fiesta o se está de vacaciones, casi siempre el clima resulta un alivio comparado con el que dejo en Madrid, me siento querido y acompañado por la familia, ... En resumen, casi sin quererlo, me fabrico una imagen idílica (tipo "fueron felices y comieron perdices") de la que no consigo librarme del todo a pesar de las dosis de realismo que intento aplicar.
Resultado: cada vez que salgo de allí con destino al previsible atasco de vuelta y al trabajo de los días siguientes, no puedo dejar de tener esa terrible sensación de, una vez más, estar siendo expulsado del paraíso.
Sé que es una sensación engañosa, que el paraíso al que cualquiera puede y debe aspirar está en su futuro. Que, cosa que me gustaría especialmente, puede estar allí, cerca de mis orígenes y mi familia, o en otro sitio. Que lo del pasado y la nostalgia son una especie de ilusión óptica, un ... engañabobos.
Eso lo sé, pero lo otro lo siento.
Deben ser muchos años de promoción de los dichosos "paraísos perdidos", pero cuando leí el título de la película, no pude evitar sentirme identificado.
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martes, 24 de abril de 2007
Primavera con una esquina rota
Hay libros que se merecen, sólo por el título que tienen, que uno los compre o, al menos, los abra e intente leerlos.
Uno de los mejores casos que recuerdo es uno de Mario Benedetti que se titula "Primavera con una esquina rota". Confieso que no recuerdo gran cosa de lo que cuenta, pero sí que me gustó mucho cuando lo leí (gracias a N. que me lo sugirió y prestó). Por lo tanto, me atrevo a recomendarlo, aunque sin poder dar muchos detalles.
Lo que nunca he olvidado es el título. Me parece que describe, de una forma difícil de mejorar, una sensación que a todos nos asalta de vez en cuando. Como, por ejemplo, hoy mismo.
Resulta que, hace un par de días, había decidido escribir un post sobre la primavera, vitalista, positivo, lleno de ilusión, ... Creo que es sano pensar y escribir de forma optimista de vez en cuando. Probablemente ayuda a ser más feliz.
Todo empezó cuando los pasados días había ido disfrutando esa sensación liberadora que produce el poder vivir con las ventanas abiertas. Especialmente en una ciudad como Madrid, en la que el invierno y el verano son tan hostiles que te obligan a vivir la mayor parte del tiempo con las ventanas y puertas cerradas para protegerte del frío y del calor. En estas pocas semanas de verdadera primavera y algunas del otoño, uno puede dejar las ventanas abiertas, salir a la calle, sentarse al sol, ... sin miedo a congelarse o a asarse. Además, las plantas crecen a toda velocidad y echan flores. Es un gusto estar en la calle o, en mi caso, simplemente en la terraza.
Aunque estés en una gran ciudad, en cierto modo, te llega esa sensación de plenitud y de cercanía con la naturaleza de la que llevan hablando los poetas por lo menos desde el "Beatus ille" de Horacio. Te sientes un poco más cerca de la tierra y más lejos del mundo, algunas veces tan hostil.
Desgraciadamente las cosas, aunque puedan parecer perfectas, casi siempre tienen una "esquina rota" (o varias, algunas veces).
Esta primavera tan luminosa y agradable, también es la época en que se despiertan parte de los fantasmas con los que les ha tocado convivir a algunas de las personas a las que quiero.
Unos son relativamente inofensivos, como la "preocupación estacional" por los kilos de más en la cintura, ahora que uno empieza a imaginarse en bañador.
Otros de esos fantasmas son más difíciles de sobrellevar, como las alergias o la desgana existencial (llámese tristeza, malestar, astenia primaveral, ... depresión). También ellos son los reyes de la temporada.
Quizá somos tan urbanos que ya hemos perdido una parte de nuestra capacidad de disfrutar de la naturaleza sin efectos secundarios o que la cosa no es tan sencilla y, como se empeña en decirme esa sensación de la que os hablaba, la primavera, el verano, el otoño o el invierno casi siempre tienen alguna esquina rota.
Habrá que intentar agarrarse a las que están intactas ¿no?
...
Uno de los mejores casos que recuerdo es uno de Mario Benedetti que se titula "Primavera con una esquina rota". Confieso que no recuerdo gran cosa de lo que cuenta, pero sí que me gustó mucho cuando lo leí (gracias a N. que me lo sugirió y prestó). Por lo tanto, me atrevo a recomendarlo, aunque sin poder dar muchos detalles.
Lo que nunca he olvidado es el título. Me parece que describe, de una forma difícil de mejorar, una sensación que a todos nos asalta de vez en cuando. Como, por ejemplo, hoy mismo.
Resulta que, hace un par de días, había decidido escribir un post sobre la primavera, vitalista, positivo, lleno de ilusión, ... Creo que es sano pensar y escribir de forma optimista de vez en cuando. Probablemente ayuda a ser más feliz.
Todo empezó cuando los pasados días había ido disfrutando esa sensación liberadora que produce el poder vivir con las ventanas abiertas. Especialmente en una ciudad como Madrid, en la que el invierno y el verano son tan hostiles que te obligan a vivir la mayor parte del tiempo con las ventanas y puertas cerradas para protegerte del frío y del calor. En estas pocas semanas de verdadera primavera y algunas del otoño, uno puede dejar las ventanas abiertas, salir a la calle, sentarse al sol, ... sin miedo a congelarse o a asarse. Además, las plantas crecen a toda velocidad y echan flores. Es un gusto estar en la calle o, en mi caso, simplemente en la terraza.
Aunque estés en una gran ciudad, en cierto modo, te llega esa sensación de plenitud y de cercanía con la naturaleza de la que llevan hablando los poetas por lo menos desde el "Beatus ille" de Horacio. Te sientes un poco más cerca de la tierra y más lejos del mundo, algunas veces tan hostil.
Desgraciadamente las cosas, aunque puedan parecer perfectas, casi siempre tienen una "esquina rota" (o varias, algunas veces).
Esta primavera tan luminosa y agradable, también es la época en que se despiertan parte de los fantasmas con los que les ha tocado convivir a algunas de las personas a las que quiero.
Unos son relativamente inofensivos, como la "preocupación estacional" por los kilos de más en la cintura, ahora que uno empieza a imaginarse en bañador.
Otros de esos fantasmas son más difíciles de sobrellevar, como las alergias o la desgana existencial (llámese tristeza, malestar, astenia primaveral, ... depresión). También ellos son los reyes de la temporada.
Quizá somos tan urbanos que ya hemos perdido una parte de nuestra capacidad de disfrutar de la naturaleza sin efectos secundarios o que la cosa no es tan sencilla y, como se empeña en decirme esa sensación de la que os hablaba, la primavera, el verano, el otoño o el invierno casi siempre tienen alguna esquina rota.
Habrá que intentar agarrarse a las que están intactas ¿no?
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miércoles, 11 de abril de 2007
Extraños en un tren
Aunque pueda parecerlo por el título, no voy a hacer una nota sobre la película de Hitchcock o la novela de Patricia Highsmith.
Por si alguno no se acuerda, os la recuerdo.
Se trata de esa historia en la que dos extraños se encuentran en un tren y uno de ellos propone al otro (que en este caso sería yo) cometer un asesinato cruzado. Cada uno de ellos asesinaría a alguien que le molesta al otro y nadie sospecharía de ninguno de ellos. El otro, no se lo toma muy en serio y cree que la cosa ha acabado ahí. Pero un tiempo después descubre (descubro) que la cosa iba en serio y que su interlocutor en el tren era un asesino de verdad.
En el caso de este post, el título sólo es una referencia un tanto cinéfila a una sensación que he tenido varias veces y, en una de las últimas ocasiones, de una forma especialmente intensa. Aunque, hasta ahora, sólo se habían parecido de forma muy remota a la situación de "Extraños en un tren".
Estoy con una persona en una situación relajada y de aparente cordialidad. Podríamos parecer (incluso ser) amigos o, por lo menos, pasar por personas que tienen una relación estrecha entre sí. Si no amigos, al menos viejos conocidos. Detrás de un cristal o vistos a través de una ventanilla de tren daríamos la imagen perfecta.
Sin embargo, debajo de esa apariencia de cordialidad y proximidad, nos comportamos como lo que somos, unos verdaderos extraños que no tienen la valentía necesaria para romper el engaño. Es como si los dos supiéramos que, al deshacer el hechizo creado por esa apariencia de amistad, todo se iría por los suelos y, desnudos de prejuicios y disfraces sociales, no quedaría más remedio que dejar de hablar inmediatamente y marcharnos cada uno por nuestro lado. Quizá sin despedirnos. En el fondo, no tenemos nada que decirnos, ni ganas de hacerlo.
Es una situación muy desagradable. Da frío. Como en la historia, a veces llegas a la conclusión, de que no sabes nada de la otra persona o, al menos, de cómo es ahora.
Con los años, uno aprende a tener ese tipo de relación falsamente cordial con gente con la que sólo tiene una relación muy superficial, muchas veces por trabajo. Supongo que es parte del oficio de hacerse mayor y, en general, no pasa nada. No me afecta mantener esa ficción. Al fin y al cabo, se trata de trayectos muy cortos, de tren de cercanías o de metro.
Cuando te sucede con una persona con la que sí que has compartido muchas cosas y hasta se podría decir que sois amigos, la cosa es diferente. En estos trayectos de largo recorrido, no puedes evitar buscar un culpable, una especie de traidor, algo que lo explique todo.
En tu interior surge la pregunta: ¿quién o qué ha hecho que las cosas dejen de ser como eran?
Al mismo tiempo surgen respuestas y, con ellas, los culpables.
Normalmente tienden a ser el tiempo y la distancia, combinado con amistades tuyas o suyas o estilos de vida incompatibles con el mantenimiento de esa relación. No pasa nada. No hay un culpable claro. Sólo hay una pérdida, la mayor parte de las veces irreparable.
Algunas veces simplemente descubres que no se ha perdido nada. Nunca lo había habido. La amistad nunca ha existido y sólo se trataba de una ficción como la de ahora, pero te ha faltado lucidez para verlo hasta este momento.
Otras veces sí hay un culpable. Un traidor.
Éste es el caso que me ocupa hoy. La última vez que me ha pasado, ha sido él el que se había convertido en un "asesino" o quizá ya lo era cuando nos conocimos en aquel "tren". Él era un extraño cordial, simpático incluso, que parece que creyó que yo era o podía llegar a ser un "asesino", como él.
Yo, al principio, no podía llegar a creer que la cosa fuera en serio, aunque ya entonces empecé a tener muchas dudas. Desde hace algún tiempo, ya no me queda ninguna duda: él era ya un "asesino" (¿sólo en potencia?) ya desde el principio.
Una vez más, estamos en un compartimento de tren y esta vez somos ya, sin ninguna duda para ninguno de los dos, una par de "extraños en un tren". La diferencia es que ahora, ninguno de los dos es inocente. Yo soy más sabio (son las ventajas de la edad y la experiencia). Él se ha puesto en evidencia varias veces después de aquella primera vez. Ya no queda ninguna duda de hasta dónde puede llegar.
Para poder mantener la ficción de cordialidad necesaria para representar esta escena, él no tiene más remedio que desviar la mirada. Se nota que tiene miedo de que sus ojos revelen lo que la
conversación intenta ocultar. Elige las palabras con cuidado y sólo me mira cuando es imprescindible. Nunca de frente. Sabe que es un traidor, el "asesino real" que hacía falta en esta historia. Sobre todo, sabe que sus ojos pueden traicionarlo y hacer que la ficción sea insostenible.
Lo que no sé si sabe es que ya hace mucho tiempo que no me puede ocultar nada. Hace mucho tiempo que sé lo que piensa y hasta dónde puede llegar. Sé que él es el verdadero "asesino" de esta historia. Afortunadamente, nunca, ni por un momento, llegué a creer que fuéramos amigos y hace ya años que no tengo nada que decirle, ni ganas de hacerlo.
Seguimos manteniendo la ficción de la charla cordial una vez más. Pero está claro desde el principio que somos dos "extraños en un tren".
Él quizá sienta el frío en la espalda que dejan estas situaciones. Yo no siento ni frío ni decepción.
Sólo hastío y prisa por salir de este compartimento.
...
Por si alguno no se acuerda, os la recuerdo.
Se trata de esa historia en la que dos extraños se encuentran en un tren y uno de ellos propone al otro (que en este caso sería yo) cometer un asesinato cruzado. Cada uno de ellos asesinaría a alguien que le molesta al otro y nadie sospecharía de ninguno de ellos. El otro, no se lo toma muy en serio y cree que la cosa ha acabado ahí. Pero un tiempo después descubre (descubro) que la cosa iba en serio y que su interlocutor en el tren era un asesino de verdad.
En el caso de este post, el título sólo es una referencia un tanto cinéfila a una sensación que he tenido varias veces y, en una de las últimas ocasiones, de una forma especialmente intensa. Aunque, hasta ahora, sólo se habían parecido de forma muy remota a la situación de "Extraños en un tren".
Estoy con una persona en una situación relajada y de aparente cordialidad. Podríamos parecer (incluso ser) amigos o, por lo menos, pasar por personas que tienen una relación estrecha entre sí. Si no amigos, al menos viejos conocidos. Detrás de un cristal o vistos a través de una ventanilla de tren daríamos la imagen perfecta.
Sin embargo, debajo de esa apariencia de cordialidad y proximidad, nos comportamos como lo que somos, unos verdaderos extraños que no tienen la valentía necesaria para romper el engaño. Es como si los dos supiéramos que, al deshacer el hechizo creado por esa apariencia de amistad, todo se iría por los suelos y, desnudos de prejuicios y disfraces sociales, no quedaría más remedio que dejar de hablar inmediatamente y marcharnos cada uno por nuestro lado. Quizá sin despedirnos. En el fondo, no tenemos nada que decirnos, ni ganas de hacerlo.
Es una situación muy desagradable. Da frío. Como en la historia, a veces llegas a la conclusión, de que no sabes nada de la otra persona o, al menos, de cómo es ahora.
Con los años, uno aprende a tener ese tipo de relación falsamente cordial con gente con la que sólo tiene una relación muy superficial, muchas veces por trabajo. Supongo que es parte del oficio de hacerse mayor y, en general, no pasa nada. No me afecta mantener esa ficción. Al fin y al cabo, se trata de trayectos muy cortos, de tren de cercanías o de metro.
Cuando te sucede con una persona con la que sí que has compartido muchas cosas y hasta se podría decir que sois amigos, la cosa es diferente. En estos trayectos de largo recorrido, no puedes evitar buscar un culpable, una especie de traidor, algo que lo explique todo.
En tu interior surge la pregunta: ¿quién o qué ha hecho que las cosas dejen de ser como eran?
Al mismo tiempo surgen respuestas y, con ellas, los culpables.
Normalmente tienden a ser el tiempo y la distancia, combinado con amistades tuyas o suyas o estilos de vida incompatibles con el mantenimiento de esa relación. No pasa nada. No hay un culpable claro. Sólo hay una pérdida, la mayor parte de las veces irreparable.
Algunas veces simplemente descubres que no se ha perdido nada. Nunca lo había habido. La amistad nunca ha existido y sólo se trataba de una ficción como la de ahora, pero te ha faltado lucidez para verlo hasta este momento.
Otras veces sí hay un culpable. Un traidor.
Éste es el caso que me ocupa hoy. La última vez que me ha pasado, ha sido él el que se había convertido en un "asesino" o quizá ya lo era cuando nos conocimos en aquel "tren". Él era un extraño cordial, simpático incluso, que parece que creyó que yo era o podía llegar a ser un "asesino", como él.
Yo, al principio, no podía llegar a creer que la cosa fuera en serio, aunque ya entonces empecé a tener muchas dudas. Desde hace algún tiempo, ya no me queda ninguna duda: él era ya un "asesino" (¿sólo en potencia?) ya desde el principio.
Una vez más, estamos en un compartimento de tren y esta vez somos ya, sin ninguna duda para ninguno de los dos, una par de "extraños en un tren". La diferencia es que ahora, ninguno de los dos es inocente. Yo soy más sabio (son las ventajas de la edad y la experiencia). Él se ha puesto en evidencia varias veces después de aquella primera vez. Ya no queda ninguna duda de hasta dónde puede llegar.
Para poder mantener la ficción de cordialidad necesaria para representar esta escena, él no tiene más remedio que desviar la mirada. Se nota que tiene miedo de que sus ojos revelen lo que la
conversación intenta ocultar. Elige las palabras con cuidado y sólo me mira cuando es imprescindible. Nunca de frente. Sabe que es un traidor, el "asesino real" que hacía falta en esta historia. Sobre todo, sabe que sus ojos pueden traicionarlo y hacer que la ficción sea insostenible.
Lo que no sé si sabe es que ya hace mucho tiempo que no me puede ocultar nada. Hace mucho tiempo que sé lo que piensa y hasta dónde puede llegar. Sé que él es el verdadero "asesino" de esta historia. Afortunadamente, nunca, ni por un momento, llegué a creer que fuéramos amigos y hace ya años que no tengo nada que decirle, ni ganas de hacerlo.
Seguimos manteniendo la ficción de la charla cordial una vez más. Pero está claro desde el principio que somos dos "extraños en un tren".
Él quizá sienta el frío en la espalda que dejan estas situaciones. Yo no siento ni frío ni decepción.
Sólo hastío y prisa por salir de este compartimento.
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