miércoles, 9 de febrero de 2011

Vuelo


Vuelo y, desde el aire, todo es insignificante.

Ciudades y pueblos, que, por tierra, requieren horas y curvas casi incontables para ir de uno a otro, se ven como si estuvieran uno al lado de otro.

Luce un sol espléndido, de tímida primavera adelantada o de invierno en tregua, porque se ven, no tan lejos, los picos de las montañas cubiertos de nieve.

Bajo mis ojos aparece un valle distinto del resto cubierto de una capa algodonosa. Una nube perezosa aun no ha sido capaz de levantar el vuelo pasadas las cinco de la tarde.

De repente me doy cuenta de lo simple, parcial e insignificante que es la percepción humana: seguro que los habitantes de ese valle piensan que el de hoy es un día gris, oscuro, frío y lleno de niebla, para ellos y para todo el mundo.

Yo, desde este avión, veo con claridad que, en el mundo en general, brilla un sol cálido y dorado y  sólo un espacio de unos pocos kilómetros cuadrados, casi despreciable a esta distancia y velocidad, está sumergido en la niebla.

Quizá eso pasa también algunas veces: sólo vemos las sombras que nos rodean, pero el mundo está lleno de luz a sólo un paso de nosotros.

¿O quizá no?

jueves, 7 de octubre de 2010

Épica de lo cotidiano, intermedio o “con canas y a lo loco”

Como veis por el título, este post iba a hablar de una cosa y acaba hablando de otra que no sé si tiene mucho que ver con la original, pero, a estas horas y alturas, no sé si la disciplina creativa es mi punto fuerte. Así que he decidido rehacer los dos primeros párrafos, cambiar el título y dejar el resto como ha salido.

Iba a escribir sobre otra cosa. Sobre la gente que se cuenta la vida a sí mismo o a los demás  envolviéndola en una especie de épica que convierte sus anécdotas en aventuras, con un falso pose de trascendencia, de heroicidad, que no suele percibirse si uno tiene la oportunidad de observar directamente la que podemos llamar "versión original". Es un tema sobre el que ya he escrito varias veces y que me interesa mucho. Los puntos de vista, las pequeñas falsificaciones conscientes  o inconscientes, … que transforman la realidad. Lo que me ha sucedido es que hace ya varios meses que no escribía en este blog (bueno, que no escribía, a secas) y he cometido el error de intentar explicarlo. Así que otra vez será lo de la épica de lo cotidiano.

Respecto a lo del intermedio creativo, no sé por qué, pero lo que se me iba ocurriendo en los últimos meses, lo escribía en un papel por ahí suelto y luego, cuando lo iba a pasar aquí, ya no me parecía que tuviera ningún interés. Así que no lo he pasado. Es más que probable que eso de la falta de interés ya les pasara a varias de las cosas que he escrito aquí con anterioridad, pero, en la mayor parte de los casos, no me había dado pudor o simplemente pereza ir escribiendo, sin más.

A veces pienso que un blog es como una cámara digital, allí disparas y disparas fotografías sin importarte mucho si son las que querías sacar o simples pruebas. Tampoco importa demasiado, poco a poco llegan nuevas fotos, nuevas capas, que tapan las anteriores y que cubren las pruebas fallidas, sin que se note demasiado. La pena es que también cubren aquellas que te salieron bien.

Así que su principal ventaja es también su mayor defecto: todo es efímero y pasa a mejor vida rápidamente, por el simple procedimiento de ir acumulando capas encima. Tanto lo bueno, como lo malo desaparecen comidos por lo cotidiano. A una foto que tenía "algo", le sigue una mediocre y desenfocada que la cubre. A un post que es fruto de una reflexión profunda y demorada, a veces de años, y en el que incluso has podido acertar con el lenguaje al escribirlo, le sigue uno insustancial o de trámite.

Me parece que eso le quita un poco de reto y hasta de sentido a las cosas que haces con la cámara digital y con los blogs.

Ya sé que ahora está muy de moda hacer cosas de usar y tirar, escribir SMSs sin mayúsculas ni acentos, ni siquiera poner todas las letras. Me consta que hay gente que cuenta su vida en Facebook o incluso en Twitter con frases de un máximo de diez palabras, que la mitad de las veces sólo envían a otra página o un video que han encontrado por ahí, sin valoraciones o, como mucho, con algo del tipo "mola", "jijiji", "genial", … o "¿a qué está muy bien?", en el caso de derroche lingüístico.

No me parece ni bien ni mal, cada uno se expresa como puede y quiere, pero a la larga me resulta vacío y hasta un poco estúpido.

Será que me hago viejo de nuevo (creo que ya os he contado que ya lo fui a los dieciocho).

Pero esta vez "con canas y a lo loco".

miércoles, 12 de mayo de 2010

Lunes gris


Lunes gris en un mundo gris.
Interior, también gris, de un autobús y sonando por mis auriculares una canción, casualmente, gris como todo lo demás.
El autobús es uno de esos que, en el argot aeroportuario, llaman "jardineras". Porque, sí, estoy en el aeropuerto y el color del suelo por donde avanzamos despacio es parte de este mundo gris. El resto del gris lo pone el cielo sucio y somnoliento, con nubes, que tiene hoy Madrid.
Salgo de viaje con Spanair y me he desayunado en la radio con un repaso de las estupideces humanas y chapuzas que llevaron al accidente de hace casi dos años en este mismo aeropuerto.
Es un detalle de muy mal gusto ponerte ese menú para desayunar a las seis de la mañana cuando vas a viajar en avión dentro de un rato.
No sé si es el lunes, las nubes, la tristeza que casi siempre invade los aeropuertos, llenos de enormes pájaros muertos de metal y de personas, muchas de ellas solas, que esperan algo con miradas apagadas.
No sé si son las noticias que oía al desayunar o el desaliento que invade esta época difícil.
No podría decir cuál es la razón exacta, quizá sea una suma de todas ellas, pero hoy el gris parece más gris.
Y más sucio.

lunes, 12 de abril de 2010

Espectáculos urbanos


Lo bueno de una gran ciudad como Madrid es que, sólo por pasear por sus calles, mirar a través de la ventana del autobús o fijarte en tus compañeros de vagón en el metro, tienes la oportunidad de conocer mucha "gente especial".

Adolescentes pertenecientes a alguna tribu. Señores maduros con americana verde hierba, pantalones blancos de lino y cara de, por lo demás, no ser nada raros. Una señora que me cruzo casi todos los días y que lleva una bufanda o pañuelo al cuello, subidos hasta las orejas incluso en julio. Curas de negro riguroso y con alzacuellos. Heladeros rastafaris que han montado una embajada de Jamaica en un puesto prefabricado de helados. Estudiantes de algo raro que viajan todos los días con un trolley en el metro y que bajan siempre por mi calle. Miles de personas llegadas de países que hasta hace muy pocos años nos resultaban tan extraños e inalcanzables. Señoras y señores que, aunque llevan casi cincuenta años aquí, tienen aspecto de acabar de salir en ese momento de su pueblo de Zamora o Albacete. Inverosímiles combinaciones de ropa, peinado, calzado, ...

Todo a tu alcance. Sólo tienes que pasear con los ojos bien abiertos. 

También ayuda mucho acertar con la banda sonora. He descubierto que, si tienes puestos los auriculares, en estos casos, el mundo puede parecer un vídeo-clip o una secuencia posmoderna de cine neorrealista.

Eso es todo: mirar, dejarse sorprender y disfrutar del espectáculo de lo cotidiano.

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martes, 6 de abril de 2010

Cuatro meses después


Hace cuatro meses escribí un post y, desde entonces, no había vuelto por aquí.
Puedo poner mil disculpas, algunas ciertas y otras inventadas, pero la verdad es que no sé muy bien por qué hace tanto que no escribo nada.
Supongo que algunos ni siquiera me habéis echado de menos últimamente: ¡ah, sí! conozco ese blog, "quien roba a un ladrón ..." se llamaba ¿no? Parece que ya no lo actualiza. Yo hace ya tiempo que no lo miro. Total para qué, si ya no hay nada nuevo.
Os confieso que estaba un poco aburrido de verlo, siempre tan parecido a sí mismo. Así que, a falta de ideas para el contenido, he decidido cambiar el envase. Ya sé que es una solución fácil, una pequeña trampa, pero por algo tenía que empezar. Además, siempre puedo abrir un debate sobre si antes era más bonito o más feo que ahora.
Sólo espero que en los próximos días o semanas haya también algo nuevo en los contenidos, que se me ocurran cosas que contaros.
Para los que se sientan defraudados porque sólo he cambiado el diseño, tengo que deciros que, en el fondo, me alegro: eso quiere decir que todavía confiáis en que os cuente algo nuevo.
Ahora sólo espero que me visiten las musas. Aunque, como decía algún escritor que oí hace años: la inspiración existe, pero hace falta que te pille escribiendo.

Hasta pronto.

(espero)

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sábado, 14 de noviembre de 2009

Hay momentos …

Hay momentos en que parece que el tiempo está congelado.

Hay momentos en que estás en un tren, dando una vuelta sin fin a un valle verde como tus recuerdos.

Hay momentos en que escuchas en el ipod canciones de hace unos años, llenas de sugerencias.

Hay momentos en los que te envuelve esa sensación somnolienta y esperanzada de un día otoñal recién estrenado, limpio y azul después de una noche de lluvia.

Hay momentos en que sientes esa ternura triste que produce acabar de despedirte de personas a las que quieres.

Hay momentos en los que, al mismo tiempo, te invade la alegría contenida de empezar el viaje de retorno a casa, a estrechar entre tus brazos a las otras personas que dan el sentido a tu vida.

Hay momentos en los que sientes que tu corazón está al mismo tiempo en dos sitios o quizás no está en ninguno, ni siquiera contigo.

Hay momentos en los que puede ser que el tiempo no esté congelado, pero tu corazón, tu cerebro y tu vida, van más despacio, como si tuvieran miedo a romper algo que sabes que más tarde ya no va a estar ahí.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Ese impostor

Tengo que anunciaros algo muy importante: ese impostor al que conocéis no soy yo.

Hace tiempo que lo sospechaba. Me veía en las fotos y siempre me parecía que era otro el que había sido capturado por la máquina. Incluso, algunas veces, me veía reflejado en un juego de espejos, de esos que invierten tu imagen habitual y muestran la que se supone que ven los demás, y me parecía que allí había un intruso.

Pero ahora lo tengo más claro que nunca.

El otro día me oí en una grabación y descubrí que el que se suponía que era yo, incluso decía las cosas que yo probablemente quería haber dicho en la ocasión en que me grabaron, era otra persona. Yo no tengo esa voz. Yo no hago esas pausas, ni ... 

No sé cómo justificarlo, pero estoy seguro de que no era yo.

Así que he llegado a la conclusión de que hay por ahí un extraño, que pone una voz impostada y se parece algo a mí, pero con los rasgos al revés, con un  extraño perfil, sonrisa congelada y expresión eternamente cansada. Ese extraño se hace pasar por mí y es al que vosotros debéis ver y oír cuando yo estoy con vosotros.

No os fiéis de él. Es un impostor.

Alguien me dijo una vez que mi voz transmitía confianza, pero no es mi voz, es la de ese usurpador. Supongo que ese es uno de los trucos que usa para hacer bien su trabajo y que todos hayáis creído que yo era así. 

Pero hoy he decidido no esperar más y avisaros ya: ese no soy yo.

Yo no tengo esa voz, ni hablo así.

Yo no tengo ese perfil.

Yo no soy así ... creo.

No puede ser que sea así y haya vivido engañado todos estos años.

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jueves, 30 de julio de 2009

Frenesí veraniego y soplos de aire fresco.

Es ya un clásico.

Todos los años por estas fechas me quejo del estrés prevacacional; de tener que estar cerrando cosas a todo correr; del miedo a que, a ultima hora, algo se tuerza y no pueda coger las vacaciones tan ligero de equipaje como me gustaría. 

Este año es distinto.

No sé si me pasa como con el calor, que ya no sé si me estoy acostumbrando al que hace en Madrid o que este año, aunque también hace mucho calor, es menos sofocante que otros. El hecho es que este año mi frenesí prevacacional no tiene nada que ver con el miedo a que las cosas del trabajo se me tuerzan a mí, sino con el descubrimiento de que, por fin, se le empiezan a  torcer a otras personas que yo creo que, honradamente, lo merecían.

Aunque todos sepamos que el mes de julio en Madrid suele ser sofocante y que el mundo laboral tiende a ser injusto, siempre es un soplo de aire fresco y un alivio que, al menos este año, lo sean un poco menos.

Que dure y que no nos toque una vuelta de vacaciones bochornosa y tormentosa.

Aunque todos sabemos que las rachas de viento afectan mucho a las (y los) veletas.

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jueves, 28 de mayo de 2009

Ganas de hablar, taxistas y aeropuertos

Este ya es mi tercer día en Canarias y también el tercer aeropuerto, la tercera compañía aérea diferente, la tercera charla-reunión sobre el mismo tema y … el tercer taxista que me cuenta su vida.

Ahora tengo un agravante, hay un avión para Madrid, que debería coger, y que todavía no ha llegado. Afortunadamente no es el tercer retraso, porque el resto de los aviones ha funcionado bien. Este detalle es importante, porque en tres días he estado en tres islas diferentes y he tomado, incluyendo el que espero en este momento, un total de cinco vuelos distintos.

He conocido el aeropuerto, la carretera que lleva de él a la correspondiente capital y dos o tres calles de Lanzarote y Fuerteventura, además de Gran Canaria, que ya conocía.

Ahora estoy en el último y más visitado de los aeropuertos (cada noche he vuelto a dormir en Las Palmas) y espero llegar más pronto que tarde a mi casa, que empieza a parecer un objetivo inalcanzable. En este momento estoy sólo, mirando de vez en cuando a una pantalla de esas múltiples de los aeropuertos, en la que aparece mi vuelo como retrasado y sin mucha más información y me acuerdo de la gente que he conocido estos días. Todos amables y con deseos de agradar, más o menos. Pero, entre todos ellos, han destacado los taxistas.

Una vez más, me he enterado de las vidas o de parte de ellas de varios taxistas. De media, los taxistas son unos personajes extraños que te acaban contando la mitad de su vida a la primera de cambio. Pero creo que nunca había conseguido tal concentración de historias en tres días.

Vuelvo a casa con tres biografías, varios apretones de manos de chofer profesional y dos números de móvil nuevos, ya que los taxistas canarios, además de contarte parte de su vida, se empeñan en volver a llevarte en su coche al día siguiente o varias horas después.

Nada más llegar a Las Palmas me tocó el primero de estos personajes. Era bastante joven, quizá unos treinta años. Había sido camionero autónomo para Seur hasta hacía unos meses en que quedó en paro y buscó trabajo en el taxi. Ahora estaba perdidamente enamorado, según me contó a modo de saludo mientras respondía un SMS, imagino que de su novia o amante, en lugar de arrancar el coche. También me contó que había engordado veinte kilos desde que se dedicaba a esto; que estaba haciendo una dieta a base de fruta; que corría todos los días cuatro kilómetros en un parque; que estaba leyendo "Caballo de Troya" y enganchado a él, me dio la impresión de que desde hace varios meses (parece más un atasco que un enganche); que no había conseguido acabarse "Crimen y castigo"; que le perdía para su dieta el asado de pata que ponían en un bar más o menos cutre en las cercanías del aeropuerto; que había visto cuatro veces seguidas "El último samurái" en su época de camionero cuando iba con el camión en el ferry que une Las Palmas con Santa Cruz de Tenerife; que … ¡yo que sé cuántas cosas más! Al final se acabó el trayecto y me quedé sin saber más detalles de su enamoramiento. Aunque igual le puedo llamar por teléfono para preguntarle, porque fue uno de los que se empeñó en dejarme su número de teléfono.

El siguiente taxista comunicativo no era un aborigen canario, sino un "godo", como nos dicen aquí a los peninsulares. Ni más ni menos que salmantino, y, fiel a su recio origen castellano, no llegó a esos extremos comunicativos, pero ya hizo sus pinitos y me llegué a enterar de sus orígenes, su llegada a Fuerteventura, su inicio en el mundo del taxi, sus opiniones sobre el turismo en la isla, …

El tercero y último es chileno, aunque tiene pinta de vivir en Canarias desde hace por lo menos treinta años. Casi acabamos de separarnos, después de un fuerte apretón de manos que se ha empeñado en darme junto a la maleta que sacaba del portaequipajes. Llegó a España por casualidad, después de embarcarse en Chile, Viña del Mar para ser exactos, en una aventura con su mejor amigo que les llevó a Dinamarca, para trabajar en un barco danés y recorrer medio mundo. El trabajo acabó y no todo era tan fácil en Dinamarca, así que cogió un tren hasta Hendaya. Desde allí otro a Bilbao, casualidades de la vida, y finalmente un autobús a Santander donde se suponía que iba a trabajar en algún barco que salía de allí para Chile. Cuando llegó a Santander, el barco ya no necesitaba marineros y tampoco había más barcos por allí que los necesitaran. Se acordó de una novia canaria, que probablemente podía haber sido un amor de paso si el barco de Chile no llega a fallarle, y decidió venir a Las Palmas a buscar trabajo. No sé cuantos años después, ha trabajado de soldador, en tierra; de mecánico de mantenimiento, de nuevo en un barco; de operario en una tabaquera, otra vez en tierra, y finalmente de taxista cuando la correspondiente multinacional absorbió la planta de tabaco y decidió cerrarla y trasladar la producción a algún país de Europa del Este, más barato. Ahora, muchos años después de su llegada, con dos hijos ya mayores, pero que aún viven en casa, y casado con la mujer que podría haber sido sólo un recuerdo, compra vino chileno en el Alcampo para curar su nostalgia y, por lo que he comprobado, se dedica a contarle su vida a los que se dejan, imagino que para huir de la soledad de las horas que pasa esperando en el taxi, sin hablar con nadie.

Y me diréis que a vosotros que os importa todo esto que os estoy contando: vidas (¿normales?) de personas anónimas. Pues probablemente lo mismo que a mí. Nada en especial. Os juro que yo no los he provocado, ni les he preguntado por su vida, ni casi les he respondido más de lo estrictamente necesario para ser amable. Pero debo de tener en la cara algo parecido a un cartel con el texto "señor taxista cuénteme usted su vida", porque, sin buscármelo, sé la vida de varios de ellos. Taxistas de Barcelona, París, Las Palmas de Gran Canaria, Madrid, Fuerteventura, Bilbao, Valencia, … me han contado en algún momento a lo largo de los últimos quince o veinte años su vida, el origen de sus mujeres o amores, sus preocupaciones familiares, … Y eso que no cuento a los que simplemente me han dado la chapa hablando de política o de futbol o del tráfico. Hablo sólo de los que me cuentan cosas que yo considero más o menos privadas y personales.

Supongo que tienen ganas de hablar, que están cansados de estar solos tantas horas sin hacer nada más que esperar, no sabiendo nunca si son dos minutos o dos horas lo que falta para salir corriendo quién sabe hacia dónde.

Y tengo que decir que ahora mismo los entiendo. Aquí, mirando el panel de mi vuelo retrasado, con no sé si cinco minutos o una hora por delante para salir corriendo hacia una puerta de embarque desconocida, me han entrado ganas de hablar con alguien y de contarle un poco de mi vida (sólo un poco, que soy muy pudoroso).

Así que me he puesto a escribiros.

Sólo es eso: ganas de hablar producidas por soledad, aburrimiento, esperas de duración imprecisa, retrasos, taxistas, aeropuertos, ...

sábado, 9 de mayo de 2009

Noches largas

No sé muy bien por qué, o sí que lo sé pero he decidido no contároslo aquí porque no es lo importante, pero el caso es que me ha costado mucho dormirme esta pasada noche y, como no podía dormir, he cogido el Ipod y me he puesto a escuchar música.

Cuando me lo compré, pensé que no quería uno de los pequeños, mucho más manejable, sino uno de los que ahora llaman "classic" con su pequeño disco duro, en el que caben muchos gigas. Lo decidí así, porque me apetecía meter en él toda o casi toda la música que pasara por mis manos, incluyendo cosas que no me gustan especialmente y que me habían llegado por casualidad, a través de mis sobrinos, amigos, curiosidades puntuales, … De vez en cuando, eso me permite darme a mí mismo sorpresas y descubrir o recordar canciones que unos minutos antes ni se me habían pasado por la cabeza.

Está noche de insomnio he ido a parar a un grupo de canciones que no escuchaba seguidas desde hace por lo menos veinte o veinticinco años. De allí he saltado a otras canciones de la época. Y de ellas, ya fuera del Ipod, a uno de los bares en las que solía escucharlas, a los amigos y amigas con los que las compartía, a las sensaciones de entonces, las buenas y las malas. Al recuerdo de tener toda la noche y toda la vida por delante para escuchar canciones, hablar con los amigos y arreglar el mundo en una oscura mesa, rodeados de humo y con un vaso en la mano.

Tengo que reconocer que me ha puesto un poco nostálgico volver a mis veinte años y volver escuchar, casi al final del recorrido, Suzanne de Leonard Cohen, casi con la misma pasión de entonces. Reconozco que, a pesar de mis clases de inglés, Leonard Cohen me sigue resultando incomprensible, pero la canción sigue resultando evocadora y muy especial. Llena de recuerdos de esa época tan especial en la que todo estaba por pasar.

Miro el tiempo transcurrido y, a pesar de todos los cambios, me doy cuenta de que sigo siendo el mismo y que lo que entonces me emocionaba me sigue emocionando ahora.

Aquellas también eran noches largas como ésta, pero eran voluntarias.

Aunque, en cierto modo, las mañanas eran incluso peores que las de ahora.

Son las ventajas de fumar y beber menos.