lunes, 31 de marzo de 2008
Engañar al reloj
Después he andado por casa absolutamente despistado, como si una membrana me envolviera y me separara del resto del mundo.
A las niñas y a mí nos ha costado salir y llegar al cole también más que el resto de los días.
Casi me duermo en el metro y no me he enterado de nada de lo que he leído mientras iba en él.
Al salir, iba por las calles desorientado y confuso, como si se tratara de un lugar extraño y no del mismo que recorro desde hace años.
He llegado a la conclusión de que hoy mi cerebro funciona con una hora de retraso.
Aunque lo intenten, no se puede engañar al reloj y robarle una hora. Al menos, al que llevamos dentro.
(aunque el de pulsera también se ha vuelto un poco loco y, para aumentar mi confusión, ha decidido que hoy es día uno en lugar de treinta y uno)
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martes, 25 de marzo de 2008
"Elena no tiene pueblo (y yo tengo por lo menos tres)"
Ella, mientras, estaba muy ufana porque tenía por lo menos tres: uno por cada lugar donde viven sus abuelos paternos y maternos y solemos pasar temporadas vacacionales, incluyendo la "casa del pueblo" de mi madre.
En un recuento más generoso llegaba incluso a siete "pueblos", al sumar lugares en los que hemos estado sólo de forma más ocasional, como los pueblos natales de mis suegros, la casa en el monte del tío P. (que para ella es un pueblo distinto) y, en el extremo de lo que yo podía haber imaginado, el pueblo/ciudad donde vive una prima ¿tercera? (estamos hablando de una hija de mi prima), en el que no ha estado nunca más de unas horas, pero por el que pasamos cuando vamos a uno de los pueblos "de verdad".
He descubierto que, en Madrid, tener un pueblo es algo imprescindible e incluso, al menos en las clases de segundo de infantil, una "riqueza" de la que se puede presumir. Yo recuerdo mi infancia en preescolar en la que presumíamos de que teníamos un hermano mayor o un primo que sabía kárate y, en buena lógica, "le podía" al hermano o primo del compañero de clase.
Ahora parece que de lo que hay que presumir es de tener pueblo, aunque, algunas veces no me acaba de quedar clara la ventaja de tener varios pueblos, mucho menos si están a varios cientos de kilómetros del lugar donde vives y al que, desgraciadamente, tienes que volver después de las vacaciones.
Reconozco que esta duda no me asalta cuando se trata de vacaciones de verdad, en las que veo las ventajas claras de tener "pueblos", pero sí que lo hace si se trata de mini vacaciones.
Y es que creo que, en parte, estos pueblos, múltiples y relativamente distantes, son los culpables de que esté más bien cansado después de estas supuestas vacaciones de Semana Santa.
Como las niñas tenían vacaciones la semana completa, pero nosotros no, fuimos el fin de semana anterior, el del Domingo de Ramos, para dejarlas en casa del hermano de A. (¡muchas gracias, por cierto!). El domingo nos volvimos a Madrid A. y yo solos, pero no sin antes haber pasado por casa de mi madre el sábado. Ya llevábamos los primeros 900 kilómetros de coche y no habíamos hecho más que empezar.
El jueves a primera hora salimos de nuevo para el pueblo de A., recogimos a las niñas, comimos con la familia y, esa misma tarde y ya con las niñas, salimos para el "pueblo pueblo" de mi madre, que está a unos 110 kilómetros, en la montaña de Castilla y León. La idea era estar allí algún día, pero intentando esquivar la nieve que anunciaban a partir de la noche del viernes. Así que sólo pasamos allí día y medio (una noche) y el viernes por la tarde nos volvimos a casa de los padres de A.
En ese momento ya llevábamos bastantes más de 1.500 kilómetros.
El domingo por la tarde, de nuevo de vuelta a Madrid, pasando por nieve en el norte y, especialmente, el gran atasco cuando ya nos empezábamos a acercar a Madrid.
El resultado de tanto ir y venir, más de dos mil kilómetros en poco más de una semana, es que tengo la sensación de no haber descansado nada. Más bien todo lo contrario.
Pero, bueno, al menos hemos estado con la(s) familia(s).
Y, además, mi hija la pequeña podrá presumir en clase de que, durante estas vacaciones, ha estado en tres de "sus pueblos" .
Siempre es un consuelo.
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lunes, 10 de marzo de 2008
Alta traición
Hace ya muchos años que mi sentimiento patriótico está más que venido a menos. Sospecho que nunca lo he tenido. Quizá se ha tratado de una reacción de protección ante el ambiente que me invitaba a tener una fuerte identificación nacionalista o simplemente una muestra de realismo y capacidad crítica: me gustan, amo y valoro las realidades, pero no es fácil convencerme con ensoñaciones que, en muchos casos, además esconden intereses inconfesables o, al menos, poco claros.
Durante muchos años la mejor representación que había encontrado de mi forma de sentir y vivir mi relación con mi mundo y mis gentes era un poema del mejicano José Emilio Pacheco, cuyo título, "Alta traición", he usado para encabezar este post.
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Bueno, en realidad, lo mío era bastante más ligero. Yo creo que, como mucho, daría la vida sólo por "cierta gente" (muy poca me temo) y nunca por cosas y menos "fortalezas". Pero si no lo interpretamos literalmente, recoge esa idea de que uno puede estar estrechamente identificado con cosas y personas sueltas, sin necesidad de subirse al carro de esas patrias prefabricadas que nos proponen. Que es posible sentirse vinculado a lo propio, integrado en una realidad que encaje en un modelo personal, compartida en parte con tus conciudadanos, pero sin ser un fiel seguidor de consignas externas.
En los últimos días, como siempre que hay unas elecciones a la vista, me he visto revisando algunas de mis convicciones cívicas. Creo que, a estas alturas de mi vida empiezan a ser bastante fijas, pero nunca se sabe. Al fin y al cabo estoy en esa edad central en la que la literatura de autoayuda habla de replantearse el resto de la vida y revisar lo que hasta ahora parecían firmes principios.
Como os decía, uno de mis "firmes principios" hasta ahora era que quizá no amaba mi patria, que ni siquiera estoy seguro de cuál es. Sospecho que, en el caso de que haya algo que yo pueda llegar a llamar patria, se trata de una realidad superpuesta, cambiante y multiforme, hecha de una mezcla de personas, tiempos y lugares, sin respeto a fronteras, distancias ni otras convenciones distintas de mi identificación personal y absolutamente intransferible, pero a la vez cambiante y dispuesta a enriquecerse con nuevas personas y lugares.
Es más, algunos ratos, en realidad una o varias veces casi todas las semanas, no podía (no puedo) evitar odiar una parte de mis varias supuestas patrias superpuestas. Pero a pesar de todo, no llegaba a sentir desapego y me parecía una irresponsabilidad que no podía permitirme el desentenderme de lo que estaba pasando.
Por esa razón nunca he dejado de votar cuando hay elecciones.
En general suelo votar a la opción que considero "menos mala". Para poder hacerlo mantengo un comportamiento inalterable: no sigo los debates, las campañas y esas cosas, porque pueden llegar a conseguir que no vote a nadie. No soporto a los políticos en campaña y algunos los están todo el año. Puro populismo demagógico, salvo contadísimas excepciones. Incluso cuando detrás haya propuestas serias e interesantes o personas con fundamento, la mayor parte de las veces la locura electoralista y las consignas simplistas de sus asesores les hacen parecer vendedores tramposos de teletienda y no puedo dejar de preguntarme si no estoy entregando mi voto a un timador irresponsable o, lo que casi es peor, incompetente.
Pero bueno, es lo que hay. Como al final va a salir alguien elegido y prefiero que sea el que me produce menos rechazo. Y en eso sí que hay [muchas] diferencias.
Voto "a la defensiva". Pienso que si te abstienes o haces una supuesta protesta individual subversiva como tachar los nombres de las papeletas o votar a partidos ridículos como el de los "no fumadores" (os juro que ayer lo vi en las papeletas electorales), lo único que estás consiguiendo es renunciar a "defenderte" a ti y a los tuyos de los que tienes muy claro que sí que son una opción peor.
Y lo peor de todo es que tu acto de rebeldía individual no tiene ninguna repercusión: no existe. No sumas nada y ni siquiera consigues restar.
Por eso, sigo pensando que es peor desentenderse que equivocarse. Al menos, votar a alguien me da derecho a sentirme defraudado cuando, previsiblemente, haga tonterías con las que no estoy para nada de acuerdo.
La democracia es lo que tiene. Aunque muy poco, tienes derecho a decidir. Eso no quiere decir que controles lo que pasa, pero algo sí que puedes hacer o intentar hacer.
No sucede lo mismo con otras cosas.
Por ejemplo, la Iglesia (la oficial) sólo te deja la opción de no participar. Yo tengo la convicción de que si nos hubieran dejado votar a todos los que alguna vez nos hemos sentido parte de ella, no estarían al frente personajes como Rouco o Ratzinger, más interesados en el pecado, el infierno y la represión de la felicidad, que en traer la justicia o el amor al mundo. Si nos hubieran dejado votar, es muy probable que siguiéramos dentro y que la Iglesia no tuviera una emisora de radio que sólo difunde el odio al otro, al distinto y despierta sin pudor fantasmas que parecían del pasado o de estados culturales superados como el racismo y la xenofobia tribal.
Por eso, cuando el otro día leí el artículo de Maruja Torres en El País ("Por favor"), llegué a la conclusión de que está vez tenía que ir a votar también para defender a todos los cristianos de buena fe de Rouco y de sus amigos. Para defender a la gente sencilla y buena, que cree en las cosas y que sólo quiere eso, ser buena gente. Para defender a la gente que va a ver un Jesucristo Superstar distinto de lo que pide la ortodoxia, con unos apóstoles que son la mitad mujeres, y sale con un subidón de fe, como me confesaba una vecina.
Suma y sigue. Más razones para no estar al margen.
Y, aunque me pase como a Elvira Lindo ("¿Qué es lo que yo espero?") que no espero que los políticos cumplan con sus a veces ridículas promesas electorales, como ella, soy de esos a los que "nos basta con que las personas nos ofrezcan la confianza suficiente como para pensar que nos ayudarán a pasar mejor una crisis y que aumentarán, en la medida de lo posible, el bienestar de los más desfavorecidos".
Por eso, sigo manteniendo algunos principios firmes, a pesar de mis cuarenta y tantos.
Sigo pensando que hay que defenderse de los peores optando por los menos malos.
Otra cosa, al menos en mi caso, sería una traición.
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martes, 12 de febrero de 2008
Noches agitadas
Hay noches, normalmente después de días en los que empiezas muchas cosas y no acabas ninguna, en las que los sueños parecen seguir la misma dinámica.
Hay noches de sueños enloquecidos y despertares repentinos.
Hay noches de más y más vueltas.
Hay noches, como siempre, cortas pero que, por momentos, se hacen largas.
Hay noches que, cuando suena el despertador, desearías que comenzaran de nuevo.
(A ver si, en una segunda vuelta, te dejan por fin descansar)
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Post "interruptus"
Hay días en que uno no sabe muy bien por donde empezar.
Hay días en que las cosas se amontonan sin orden y concierto y pasas horas enteras intentando sólo no desaparecer aplastado por ellas.
Hay días en que empiezas muchas cosas y no acabas ninguna.
Hay días en que ...
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viernes, 8 de febrero de 2008
Frenética actividad
Ya lo sé: me había prohibido a mí mismo hablar de trabajo en este blog.
Sin embargo no puedo evitarlo, ya que últimamente el trabajo ha vuelto a inmiscuirse en mi vida privada y es el único ingrediente que le faltaba a mi ya de por si "intensa" vida privada.
Os hablaba ya hace unos días, demasiados, de los cuadros por colgar, de la pequeña transformación en casa que "ya puestos" se hizo grande, de los diversos asuntos pendientes.
Desde entonces, se han ido sumando otras ocupaciones más: viajar un fin de semana con los amigos para asistir a una fiesta muy especial, preparar disfraces o atrezo de Carnaval y, sobre todo, trabajo, reuniones, cursos y más trabajo.
Tal es el barullo que me he montado conmigo mismo, que, a estas alturas, sigo sin haber tenido unos minutos la cabeza despejada para pensar en qué contaros.
Este post sólo es para deciros que no he cerrado, que este blog sigue abierto, que espero que algún día hasta tenga algo que contaros.
Por el momento, sigo buscando, pero sólo en los ratos libres, que, ahora mismo, no existen.
Malos tiempos para la lírica.
Otros vendrán ... espero
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viernes, 11 de enero de 2008
Ya que nos ponemos
En contra de los que pueda parecer, una de las frases más peligrosas que uno puede oír o pronunciar él mismo es el aparentemente inofensivo "Ya que nos ponemos ..." o sus variantes ("Ya puestos ...", "Una vez que empezamos ya no lo vamos a dejar a medias", "Una cosa lleva a la otra y ...", ...)
Lo digo por experiencia propia y reciente.
Todo empezó porque el sofá azul estaba en un estado lamentable después de diez años de malos tratos, dos hijas pequeñas, una mudanza y la colaboración desinteresada de una chica boliviana, por lo demás majísima.
Pero, "ya que nos poníamos" ... igual era mejor pensar en cambiar los sillones de cuadros que estaban a su lado. Y "ya puestos", a lo mejor había que cambiar la disposición de los muebles. Y "puestos en la labor", la alfombra también estaba pidiendo un reemplazo; y la mesa; y el mueble de la tele; y una de las lámparas del techo; y, a lo mejor, aquel armario quedaba mejor aquí; y ...
Y, por supuesto, había que pintar, pero "ya puestos" ... mejor pintar toda la casa; y cambiar la mitad de las cortinas; y las luces de la cocina; y, al cambiar los colores de las paredes y la disposición de los muebles, habría que mover de sitio o reemplazar los cuadros de las paredes de toda la casa; y ...
El resultado de un inocente gesto como mover un sofá de sitio (todavía ni siquiera tenemos el nuevo) es que tengo un montón de libros metidos en cajas y ocupando el pasillo, todos los cuadros de la casa apoyados en las paredes de mi habitación, dos bombillas colgando de casquillos en la cocina y una lista de "asuntos domésticos pendientes" que amenaza con superar en dimensiones a la de las campanillas del Outlook que cada día me saludan al llegar a la oficina.
Estos días estoy más convencido que nunca de que la mayor parte de nuestros actos y obligaciones en la vida (y alguna de sus alegrías) no tienen una explicación sencilla y que la secuencia lógica de acontecimientos que te han llevado a ellos es tan alambicada que la mayor parte de las veces parecen seguir una lógica difusa o poética (mágica decían otros), pero, desde luego, no racional.
Un día normal, y sin haberlo previsto, conoces a alguien en un curso, le sonríes, empiezas algo que parece una simple camaradería y ... "ya puestos" "una cosa lleva a la otra" y, casi veinte años después, estás viviendo con ella y dos hijas comunes en una ciudad que está más de cuatrocientos kilómetros de tu casa original y del lugar en que os conocisteis.
Cada vez estoy más seguro de que es un disparate o, al menos, una pérdida de tiempo intentar planificar las cosas. Los acontecimientos se empeñan en tener su propia dinámica y arrastrarse unos a otros y a ti con ellos.
Al final, lo único que cabe es tener una buena capacidad de reacción y mucha suerte para agarrarse a las cosas buenas que te van pasando y esquivar o recuperarse lo más rápidamente posible de las malas.
No sé si es una teoría muy científica. De hecho, yo sólo había empezado a escribir un post sobre el pequeño lío doméstico que hemos montado casi sin haberlo previsto y, como "una cosa lleva a la otra", "ya puesto", he acabado haciendo teoría general que no estaba en el guión original.
No soy capaz de planificar ni el contenido de una página, pero es que "ya que me pongo ..."
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viernes, 28 de diciembre de 2007
Contarle la vida a un extraño
Hace años tuve una experiencia muy entrañable y de la que guardo un bonito recuerdo.
Estábamos a finales del mes de junio, yo iba en un tren de Perpignan a Barcelona y a mi lado estaba sentada una señora bastante mayor que, por otra parte, ocupaba el asiento que debería haber sido mío.
Ella y sus dos nietos ya estaban allí cuando yo subí al vagón en Perpignan y, después de una pequeña confusión inicial, descubrimos que ellos ocupaban los asientos correctos, pero del vagón equivocado. Como el asiento que estaba a su lado estaba libre y no parecía que hubiera nadie más reclamándolo, decidimos que yo me sentaría allí y que ellos cruzarían los dedos para que nadie más subiera al tren intentando utilizar los asientos que ocupaban.
La verdad es que la anciana, que tendría bastantes más de ochenta años, y sus nietos, un niño y una niña de unos ocho años, formaban un grupo bastante frágil y daba mucha pena pensar que tuvieran que andar de un vagón a otro con todos sus bártulos.
Toda mi conversación inicial se había producido en francés y el aspecto intensamente rubio y "perfectamente francés" de los niños no me hacía pensar otra cosa distinta de que se trataba de una abuela francesa, que iba con sus nietos a alguna de las playas del litoral catalán.
Sin embargo, aprovechando la anécdota inicial que nos hizo romper el hielo, la señora continuó hablando sin parar (yo sobre todo escuché) hasta que llegamos a Barcelona y me hizo ver que llevaba horas (o quizás días ..., o años) necesitando hablar con un adulto que la escuchara, sólo eso.
No sabría decir exactamente todo lo que me contó y, al intentar contároslo ahora, estoy casi seguro de estar inventando la mitad. Ni siquiera puedo decir en qué lengua me hablaba, porque se pasaba, sin solución de continuidad, del francés al castellano y del castellano al catalán (valenciano decía ella), volviendo de nuevo al francés. Supongo que tenía que ver con la historia o la persona que estuviera recordando en cada momento, pero no puedo asegurarlo. Yo, por mi parte, en mis pequeñas aportaciones, utilizaba indistintamente el francés o el castellano, dependiendo de la última lengua que ella hubiera utilizado.
Lo que sí recuerdo es que me contó su vida entera, como conoció a su marido en Valencia, de donde eran los dos; como los dos, juntos e ilusionados, se casaron de forma un poco precipitada y sin todos los beneplácitos familiares, emigraron, casi huyeron, primero a Barcelona y, unos años más tarde, a la periferia industrial de París.
Me describió los primeros años duros, recién llegada a Francia, sin conocer el idioma, esperando en casa a que su marido volviera del trabajo, hablando en el humilde barrio obrero con sus vecinas polacas, portuguesas o de cualquier lugar imaginable, incluyendo algunas españolas. Como, poco a poco, fue integrándose, descubriendo cómo funcionaba aquella sociedad y prosperando, teniendo hijos, ya franceses, ... y, especialmente, envejeciendo.
Su marido se jubiló y, por lo que se ve, murió pocos años después, dejándola sola. Me dio la impresión de que había estado muy enamorada de él y, por la mirada que ponía mientras me lo contaba, aun seguía echándolo de menos.
Mientras tanto, sus hijos, dos varones, ya se habían hecho mayores, habían hecho estudios universitarios, se habían casado, ... Uno de ellos estaba trabajando en Brasil. El otro había ido a vivir al sur de Francia, cerca de Montpellier. Ambos "triunfaban en la vida" y ella se sentía una pieza prescindible en esas vidas que, en el fondo, tan poco tenían que ver con la suya. Vivía "de prestado" en la bonita casa de campo de la campiña francesa de su hijo, abogado de éxito, y dejaba entrever que, en el fondo, no se llevaba demasiado bien con su nuera y que en esa casa y en esa vida tan perfectas, se sentía una extraña. Una sensación, que sólo conseguía compensar la presencia de sus nietos.
Ahora había conseguido una tregua a esa sensación de no servir para nada: iba a Valencia o Alicante, a pasar unas semanas con la familia de su hermano y llevaba con ella a sus nietos franceses, que no hablaban una gota de español, y, por esta razón, se sentía útil. Incluso la notaba ilusionada con la idea. Quizás por eso conseguía contarme las cosas, alguna de ellas muy triste, con esa naturalidad y esa energía.
A estas alturas, podéis pensar que yo debía estar bastante harto de la conversación de esta señora, que estaría deseando llegar a Barcelona para librarme de ella.
Pero no es así.
Esta señora era el colmo de la educación y la sutileza. Conseguía contarme las cosas con tanta ternura y pasión al mismo tiempo, y en esa enloquecedora mezcla de idiomas, que me tenía atrapado entre sus redes narrativas. Estaba creando un universo literario propio, en el que los cambios de idioma eran coherentes y todo parecía tan sincero y, al mismo tiempo, poético, que me tenía entregado.
Recuerdo que, en medio de esa conversación, el tren paró en Collioure y yo pensé que era de lo más adecuado estar dentro de esa historia y, al mismo tiempo, en el lugar en el que murió y está enterrado Antonio Machado.
Cuando llegamos a Barcelona, yo me bajé del vagón y, desde el andén, viendo como se alejaba el tren en que ellos continuaban, no pude evitar tener una sensación de pérdida, como si en ese tren se alejara alguien querido a quien sabía que no iba a volver a ver.
Confieso que unos minutos después se rompió el embrujo. Metido en un taxi, camino del aeropuerto desde donde pensaba seguir mi camino hasta Madrid, ya tenía muy claro que esta señora, que había compartido unas tres horas de viaje conmigo, era, a fin de cuentas, una extraña.
Sin embargo, no puedo evitar acordarme de ella muchas veces cuando me pongo a escribir en este blog. En cierto modo, esto es algo así como contarle tu vida a un extraño. Y sería mucho más fácil si todos mis lectores fueran extraños a los que no iba a volver a ver nunca jamás.
Confieso que hay muchas cosas que no llego a escribir porque me da vergüenza pensar que las pueden leer personas que me conocen y me parecen demasiado sensibles o quizá un poco ridículas. En esos momentos comprendo perfectamente a aquella señora que me usó para su terapia particular. Yo era la víctima perfecta: un extraño al que nunca volverás a ver es el destino perfecto para algunas confidencias de las que quizás no estás muy orgulloso; para sacar a la luz esas pequeñas frustraciones que no te atreves a confesar a tus personas más cercanas y que, muchas veces, han sido provocadas por ellas mismas, ...
Aquella vez, mientras me alejaba de aquel tren y de aquella historia, me sentí útil. Alguien había sacado parte de sus fantasmas y, probablemente, eso le podría ayudar a convivir con ellos.
Igual resulta que, al final, puede ser más útil o, por lo menos, más inofensivo contarle tu vida a un extraño que a una persona cercana.
Creo que, en parte, por eso funcionan los blogs: son una forma cómoda y reposada de contarle tu vida a un extraño.
Y parece que eso es sano.
Para el que lo cuenta y, al menos algunas veces, también para el extraño.
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lunes, 3 de diciembre de 2007
La lluvia
Sin embargo hoy, mientras atravieso La Mancha en un veloz tren y contemplo los colores limpios del amanecer sobre una ligera neblina, no puedo dejar de estar de acuerdo con el texto de Julio LLamazares que acabo de leer y que dice, sobre los colores de su infancia, que "cuando llovía, en cambio, el agua los confundía y el paisaje se volvía tan extraño como un cristal empañado".
Es verdad que recuerdo alguna mañana de invierno, imagino que de sábado o de vacaciones de Navidad, encerrados en aquella cocina grande de la infancia. Mi madre planchando y nosotros, los niños, tirados por el suelo con los indios y vaqueros de plástico o las cazuelas y platos de juguete.
Recupero mi mirada desde el suelo observando el exterior, en un ángulo casi imposible, a través de la esquina superior de la ventana, la única aun no empañada. Me recuerdo contemplando el cielo fundido con la montaña en una única nube gris que parecía estar ahí desde siempre e ir a quedarse en el mismo lugar hasta el final de los tiempos, mientras llovía con la paciencia con la que sólo nuestro cielo sabe hacerlo.
Vuelvo a sentir aquel confort estremecido, el alivio de estar dentro, al calor y en compañía. También noto el frío de fuera, la humedad que se debía calar hasta los huesos y la soledad del mundo, allá, al otro lado del cristal.
Recupero el olor cálido de la ropa recién planchada envolviéndonos dentro de casa y pienso que sí, que la lluvia me sigue gustando.
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lunes, 19 de noviembre de 2007
Tontos con suerte
Hace ya tiempo que me encanta leer las columnas de Elvira Lindo en El País y tengo que decir que, en general, me lo paso muy bien. Sé además, que es una afición compartida con algunos de vosotros.
Al principio las leía como un divertimento, atraído por ese tono aparentemente frívolo e irreverente con el que suele contar las cosas, riéndose de los prejuicios, de los "progres" y los carcas, de los "snobs", de los "intelectualoides", ...
Es verdad que tiene cosas que parecen serias ya desde el principio, pero la mayor parte de los artículos que yo he leído tienen una aspecto más ligero. Sin embargo, con el paso del tiempo, me he ido dando cuenta de que en esa ligereza aparente hay más seso de lo que parece a primera vista. De que hay mucho sentido común, el menos común de los sentidos, y pequeñas "perlas de sabiduría" que son muestra de una profundidad y seriedad que no se veía a primera vista.
Hace poco más de un mes (17/10/2007) encontré una columna llamada Patrias que os recomiendo que leáis como antídoto si os dan ataques de patriotismo "incívico".
La pasada semana (14/11/2007) encontré un fragmento en otro texto suyo, en este caso uno titulado ¡Un hombre!, que me pareció que tampoco tiene desperdicio.
Ese texto habla, cito literalmente, "del tonto que, por azar, se convierte en líder. No es una fábula que afecte sólo a la clase política, porque tontos los hay en todos los campos. Detrás de un gran intelectual, filósofo, empresario o escritor puede haber simplemente un tonto con suerte. Lo peligroso es que cuando un tonto llega a un puesto relevante, muchas personas se rinden. Si el tonto ejerce el poder con villanía, atemoriza; si el tonto es escritor y vende muchos libros, acaba provocando respeto intelectual; si el tonto está forrado, por muy tonto que sea, provoca admiración. Hay tontos locales y tontos internacionales. A las personas cabales les provoca mucho desánimo cuando un tonto consigue prestigio internacional porque eso quiere decir que su estulticia causa una admiración sin fronteras."
Yo he visto, perfectamente reflejada en esta descripción, a alguna persona que conozco.
¿Vosotros no?
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