martes, 13 de mayo de 2008

Lucía y los hombres del traje gris

Varias veces, estando en alguna tierra próxima al Mediterráneo, he pensado que igual sí hay algo especial en la forma de ser mediterránea. Algo que acerca a los mediterráneos a los sentimientos y pasiones. Al mismo tiempo, me he preguntado si no será sólo un empacho de estudios clásicos y de lenguas muertas el que me hace pensar en el drama apasionado como algo más mediterráneo que de ningún otro sitio.

En cualquier caso, hoy no es muy importante si es verdad o mentira. Porque hoy me viene bien pensar que hay algo especial en ese mar mediterráneo; algo que da una atmósfera también especial, llena de aromas y pasiones, a una historia que estoy intentando recordar, reavivar, para contárosla aquí.

Confieso que he pensado en hacerlo varias veces, pero siempre me ha dado miedo. En este caso no se trata de pudor, ya que yo no soy protagonista directo, sólo espectador. Es miedo a no saber atrapar en un texto los matices, sentimientos y sugerencias que para mí tuvo la historia. Hoy, escuchando esta música llena de resonancias mediterráneas, parece que me siento capaz de intentarlo.

Sucedió hace ya unos años. Estaba en Barcelona, en compañía de mi jefe de entonces. Una persona con la que no tenía una mala relación, pero, desde luego, no se puede decir que fuéramos amigos y, mucho menos, que fuera alguien adecuado para compartir con él una experiencia asociada a los sentimientos y las pasiones.

Era un día previsiblemente normal. Viaje de trabajo. Uniforme de trabajo. Visita a unos clientes potenciales, más bien poco potenciales. Máscara de personas encantadoras, competentes, ellos y, especialmente, nosotros, obligados a parecer "jóvenes aunque sobradamente preparados", ... Mundo "powerpoint", en definitiva. Nada de lo que sentirse especialmente orgulloso ni que fuera a dejar ninguna huella especial en ese día, por lo demás gris y un poco triste.

Salíamos, aliviados por la sensación de trabajo cumplido, de un gran recinto cultural encerrado en un barrio antiguo y con trazas de marginalidad en las calles que lo rodeaban. Huyendo en parte de la mediocridad del día y deseosos, al menos yo, de coger cuanto antes un avión a Madrid, de volver a nuestras casas, a nuestras vidas personales, a estar con personas a las que queríamos de verdad y haciendo cosas que nos interesaban de verdad, como besar, leer, cocinar, acariciar, ...

De forma descuidada, pensando que era un gesto más de los miles que ya llevaba hechos de ese tipo y que he seguido haciendo desde entonces, levanté la mano que me dejaba libre el maletín para parar, antes de que se escapara, un taxi que arrancaba después de dejar a alguien unos metros más atrás. Parecía un gesto inofensivo, dirigido a un taxi vulgar, pero aquel era un taxi muy especial. Un taxi que encerraba una gran historia de amor, apasionada y, al menos en parte, fracasada, como siempre han sido las historias de amor que nos han conmovido.


...


«No he podido evitarlo. Y mira que me da vergüenza reconocerlo. Cuando ellos se han montado en el taxi, yo todavía estaba en una nube.

» Recuerdo una vez siendo niño. Estaba sentado en la rama de una higuera, recogiendo y comiendo higos maduros, dulces y robados. Envuelto en ese placer clandestino, íntimo, dulce y atemporal de las cosas que no compartes con nadie pero que hace mucho tiempo que soñabas con alcanzar. De repente la rama se rompió y, casi sin saber cómo, en menos de un segundo estaba en el suelo. Más sorprendido que dolorido, con la sensación de placer aun tan viva que casi no era capaz de comprender que estaba en el suelo, de sentir el dolor.

» Así estaba cuando han entrado ellos, se han sentado en el asiento de atrás y han dicho "al aeropuerto, por favor", como tantas otras veces me ha sucedido. Eran dos hombres jóvenes, no sé cómo de jóvenes, pero estoy casi seguro de que podrían haber sido mis hijos si la historia que acababa de revivir hacía unos minutos hubiera llegado a buen puerto.

» Dos hombres normales, fáciles de confundir con los miles de ejecutivos de traje gris y corbata discreta que he llevado al aeropuerto desde hace más de veinte años. Sin embargo, tengo la impresión de que no los olvidaré nunca. Quizás olvide sus caras, además no conozco sus nombres, ni dónde viven, aunque imagino que en Madrid. Casi ni recuerdo sus voces, pero creo que los recordaré siempre de una forma especial, porque son las primeras y únicas personas que saben que la amé y que aun la amo. Que sigo enamorado de ella como sólo puede estarlo un niño que está descubriendo los sentimientos y las pasiones, de esa forma incondicional y tan intensa que parece que no deja hueco en tu vida para nada más.

» No he podido evitar decirles, después de pedir perdón por hacerlo, que hoy he vuelto a verla. Que ella es el amor de mi vida. Que la quiero desde hace casi ya cincuenta años. Que no he podido dejar de pensar en ella, ni un solo día, desde aquellos del verano de mil novecientos cincuenta y cinco. El verano que ella pasó con su familia en el pueblo de la costa en el que yo nací y en el que mi padre tenía la única panadería que había entonces.

» Les he contado que ella era una bonita niña de Barcelona que empezaba a ser mujer a sus, imagino, trece o catorce años y que yo era el adolescente soñador que le entregaba todos los días el pan a la puerta del piso de la playa que habían alquilado para pasar aquel único verano.

» Era algo que hacía todos los veranos desde los diez años, pero ayudar al negocio familiar en esos meses siempre había supuesto una tortura para mí. Tímido por naturaleza, prefería pasear por los acantilados, lejos de la playa llena de bañistas llegados de Barcelona, o subir a la azotea de nuestra casa y pasar las horas muertas mirando el horizonte y soñando con viajar, con huir de este pueblo y recorrer el mundo como los héroes de los relatos que tanto me gustaba leer cuando no estaba soñando. Recuerdo que lo único que no entendía de esos relatos era el empeño que tarde o temprano tenían todos los héroes por acabar en brazos de una mujer. Me costaba imaginar por qué casi todas esas historias tenían que acabar en matrimonio con la chica rescatada.

» Aquel primer día lo entendí todo. El mundo se hizo distinto a partir del momento en que ella abrió la puerta. Ella era la princesa de esos relatos. Ojos azules, cabellos dorados revueltos, enmarcando una sonrisa tan dulce que todavía hoy me hace sonreír y me estremece de angustia y placer al añorarla. Entonces entendí, sin saber que era lo que me estaba pasando, lo que hacía que los héroes volvieran siempre al puerto aunque el mar estuviera lleno de aventuras y camaradería, de secretos y tesoros. Descubrí que había miradas que te hacían temblar de miedo y placer a la vez. Que podías sentirte insignificante y capaz de comerte el mundo al mismo tiempo. Que todo era posible y que los sueños existían. Que respirar podía llegar a resultar muy difícil cuando tienes un agujero en el pecho y el corazón golpeando dentro de él con una fuerza hasta entonces desconocida.

» No sé cuantos minutos pasé allí delante de esa puerta abierta, de aquella muchacha que, a partir de ese momento iba a ser algo inseparable de mi mismo.

» Cuando al fin conseguí decir algo, balbuceé algo incomprensible, le entregué el pedido que habían hecho y me di la vuelta a todo correr para evitar que viera mi cara que, a la fuerza, tenía que reflejar aquel terremoto que yo había sentido dentro de mí.

» A partir de ese día y durante los casi dos meses que pasaron ella y su madre allí, acompañadas algunas semanas por su padre, repartir los pedidos fue para mí el mayor de los placeres, el reto más heroico, la aventura más gratificante. Cada día me acercaba a su puerta con el corazón alborotado, pero, poco a poco, fui consiguiendo dominarme y disfrutar más del momento. Hasta conseguí entablar alguna conversación trivial sobre el clima o las actividades veraniegas del pueblo, que comenzaron a interesarme sólo para poder tener algo de lo que hablar con ella, mientras le entregaba el pan e intentaba de forma furtiva rozar sus dedos.

» Ese año también empecé a ir a la playa, sólo para espiarla de lejos, para verla pasear hasta el agua, nadar un poco, y volver a salir del agua. Allí, además del amor, descubrí el sexo como parte del amor. Tumbado boca abajo en la arena, sentía, avergonzado al principio y mucho más relajado unas semanas después, como una fuerza incontrolable tomaba el control de mi sexo y lo ponía duro como jamás pensé que pudiera llegara estar. Confieso que ya había tenido antes alguna erección, pero eran cosas aleatorias, sin una relación clara entre causa y efecto. Erecciones espontáneas mientras dormía que la educación religiosa y represiva de aquellos años, me hacían percibir como algo sucio y feo.

» Aquel año, en la playa, intuí que el sexo también podía estar unido a la belleza, que no era incompatible con la adoración y que, incluso, ganaba si se mezclaba con el amor.

» Ese verano, la vida empezó a tener otro sentido para mí. Aunque no llegué a acercarme en serio y limité mi contacto con ella a esa entrega casi protocolaria del pedido diario, por culpa de ella decidí muchas cosas que han hecho que llegue a ser lo que soy. Que hoy esté conduciendo este taxi en Barcelona del que se acaban de bajar esos dos hombres hasta ahora desconocidos y que creo que empezarán a estar unidos en parte al recuerdo de ella.

» Ese año decidí que mi gran aventura iba a ser ir a vivir, como fuera, a Barcelona. Renuncié a seguir con el negocio familiar una vez que mis padres se jubilaran y han sido mi hermana pequeña y su marido los que han mantenido abierta la vieja panadería de mis padres hasta hoy mismo. Tan pronto como me fue posible, huí tras ella, contra el criterio de mis padres y ganándome su incomprensión hasta el mismo día en que se murieron, sin saber por qué lo había hecho. Todavía hoy, mi hermana sigue considerándome un poco raro y aunque ya me ha perdonado, sigue sin entender por qué después de hacer la mili, por suerte en Barcelona, aproveché que había aprendido a conducir allí para quedarme trabajando de chófer, primero de camiones de reparto y con los años y los ahorros para comprar coche y licencia, de un taxi con el que me puse a recorrer la ciudad, con el único objetivo desde entonces de encontrarla algún día y confesarle mi amor.

» Desde entonces he hecho muchos kilómetros, tenido algunas aventuras pasajeras con mujeres de las que nunca llegué a estar enamorado y leído muchos libros, ya que es a lo que dedico esta vida solitaria cuando no conduzco, a leer todo tipo de libros, especialmente novelas. Leo en las bibliotecas. Leo los libros que se olvidan en el taxi. Leo libros que compro de forma compulsiva y desordenada en los puestos callejeros. Creo que puedo decir que he sido feliz y que, aunque no llegué a vivir mi historia de amor con ella, he vivido muchas otras en los libros en los que confieso, también he ido siempre buscándola.

» Ya no queda casi nada de aquel adolescente que se enamoró perdidamente de ella, pero hoy, cuando se ha subido en mi taxi, tras casi cincuenta años, no he podido dejar de sentirme como aquel adolescente que fui. He esperado a que hablará para que su voz me confirmara que lo que yo había creído reconocer en esa señora madura, no era una más de las múltiples percepciones equivocadas que he tenido durante todos estos años.

» Y su voz me lo ha confirmado.

» Debajo de las arrugas, de ese aspecto elegante, pero similar al de muchas otras mujeres de clase media de esta ciudad, yo había visto los rasgos de la muchacha que una vez fue y su voz seguía conservando ese timbre inconfundible, especial. Mi corazón ha dado un vuelco de nuevo, como aquel día, y por unos segundos he pensado que me iba a dar un infarto e iba a morir allí mismo, delante de su mirada horrorizada. Afortunadamente he conseguido comportarme como una persona civilizada. Nunca llegué a saber su nombre, aunque cuando escuché por primera vez a Serrat cantar "Lucía", decidí que ella era mi Lucía y, para mi mismo, empecé a llamarle así. Hoy he estado a punto de llamarle Lucía cuando le he contado que yo era originario de mi pueblo; y que allí repartía el pan los veranos; y que creía que ella era una muchacha que había pasado allí un verano; y que yo la llevaba el pan todas las mañanas. Ha tardado unos segundos en recordarlo o, al menos, en decir algo. Quizá estaba tan sorprendida que no sabía qué hacer, ni qué pensar. A lo mejor ha llegado a pensar que yo estaba loco. Pero después de esos instantes de desconcierto, he notado en sus ojos reflejados en el retrovisor y en el timbre rejuvenecido de su voz, que volvía a aquel verano de su adolescencia. Quizás, como a mí, le ha parecido que este día gris de ciudad recuperaba algo de la luz ingenua de aquel verano, de ese tiempo muerto y muy vivo a la vez de los veranos de la infancia y adolescencia.

» Ella ha estado muy correcta. Me gustaría poder decir que ha llorado y que, entre hipidos, me ha confesado que ella también me amaba y que nunca me había olvidado después de aquel verano. Pero la vida no es así. No es fácil hacer coincidir a más de un loco al mismo tiempo en un taxi y hoy ese papel estaba reservado para mí. Creo que sí que puedo decir que no mentía cuando me ha dicho que sí me recordaba y que también era sincera la actitud cariñosa y nostálgica con la que escuchaba mi historia. No me engaño y sé que cuando me ha dicho que el local delante del que nos hemos parado, una confitería elegante y clásica, era suyo y que allí podía encontrarla si necesitaba cualquier cosa, estaba simplemente siendo amable, quizás abrumada y un poco asustada por una adoración que ella no había solicitado ni esperado.

» Al llegar a su destino, cuando me he negado a cobrarle la carrera, ella me ha dado la mano y he notado que la dejaba ahí más tiempo de lo normal, como dudando, antes de tirar suavemente, pero con firmeza, para acercar mi mejilla y depositar en ella un beso ingenuo, infantil y maternal al mismo tiempo.

» Mi historia con ella ha acabado, esta vez creo que para siempre, de la misma forma que empezó. Me he vuelto a ruborizar y, al final, he olvidado preguntarle su verdadero nombre, arrancando un poco bruscamente mientras ella se alejaba, casi huía, creo que esta vez también un poco avergonzada de su atrevimiento.

» Para mí seguirá siendo Lucía, la que nunca he tenido y la que perdí.

» Es curioso, tantos años esperando a que suceda algo y tiene que suceder cuando ya había tirado la toalla. Hace poco más de un mes, cuando cumplí los sesenta, decidí de forma solemne que esto era una estupidez y que ya estaba bien de seguir persiguiendo el mismo sueño desde los quince años.

» Luego se han subido ellos dos al taxi. Hemos llegado al aeropuerto, pero no sabría decir que trayecto hemos seguido, ni si había tráfico o no. Supongo que los años de profesión sirven para algo y el piloto automático ha hecho su trabajo. Mientras tanto yo sólo podía pensar en ella y en lo que me acababa de pasar.

» Ahora estoy en mi taxi, a una orilla del camino, completamente desorientado. Hace unos minutos, tal vez muchos, que estoy aquí sentado, sin saber qué hacer con mi vida. Mezclando la alegría de haberla vuelto a ver con la certeza de que éste es el final.

» Todavía quiero a esa muchacha que conocí, aunque no estoy seguro de poder seguir amando a esa señora que he visto hoy»


...


«Tiene cojones. Te levantas a las cinco de la madrugada. Coges un taxi, después un avión, después otro taxi y llegas a visitar a unos estirados de mierda, que te miran por encima del hombro, snobs y pretenciosos como si hubieran descubierto la ciencia ellos mismos y tú sólo fueras un pobre vendedor, un pequeño estafador de feria, que se quiere hacer pasar por alguien de su círculo.

» Después de aguantar durante un par de horas su mirada condescendiente y su falsa amabilidad e interés, mientras C. hacía su exposición, salimos a la calle deseando huir cuanto antes hacia el aeropuerto y paramos un taxista loco.

» Bueno, loco del todo igual no estaba. Pero un poco tarado sí. Mira que nos empieza a contar su vida. Hay cosas que te pasan y no te las puedes creer. El tío parecía recién salido de una novela de esas inverosímiles de García Márquez. Nos aseguraba que lleva pillado con la misma tía desde hace casi cincuenta años. Imagino que puro amor desbordado, como de bolero, pero a la catalana. Pero lo peor de todo es que era un amor platónico y que no la había visto, ni oído, desde entonces. N
i siquiera sabía exactamente quien era

» Y resulta que la acababa de ver. Que se había subido a su taxi justo antes que nosotros y se acababa de bajar unos metros más atrás del lugar donde nos ha recogido. Por un momento he pensado que el tío estaba jarú y que esta misma historia se la iba contando a todo el mundo. Después de los años que llevo conociendo personajes increíbles al volante de un taxi, en Madrid y en otras ciudades, he pensado que Barcelona también tiene derecho a su cuota de taxistas raritos. Luego he pensado que igual había bebido, lo que es casi peor.

» Pero la cosa es que el buen hombre era muy educado y parecía bastante normal, salvo por el detalle de que nos estaba contando aquella historia. Sí que es verdad que ha empezado muy poco a poco y pidiendo disculpas por no poder evitar callarse. Estoy por decir que, si C. no le llega a dar pie para seguir, hasta puede que se hubiera callado. Yo le miraba a él y luego a C. y la verdad es que, poco a poco, he empezado a creerme lo que estaba contando.

» Menuda mierda. Al final estaba a punto de ponerme tierno y darle un abrazo al pobre hombre. Lo he visto tan solo en esa historia de amor desesperado (y desesperante), que parecía sacado de una película. Si no era verdad lo que nos contaba, el tío es un actor cojonudo.

» La cosa es que al final sospecho que a C. también le han entrado ganas de darle un abrazo, más que nada por la cara de entregado a la causa que se le iba poniendo según el viejo nos contaba cómo había pasado todos estos años buscándola o mejor, esperando a que apareciera. Al final ni él ni yo nos hemos atrevido a hacerlo. Como tíos moderados y discretos que somos, nos hemos bajado del taxi sin demasiada ceremonia, balbuceando algo parecido a un mensaje de ánimo para este hombre, pero sin atrevernos siquiera a darle un buen apretón de manos.

» Tiene cojones la cosa. Sales de casa desanimado, pensando que vas a vivir un día hipócrita haciéndote el amable con personas a las que, en el fondo, desprecias y que sabes que van hacer lo mismo contigo y resulta que luego vuelves a casa desanimado de nuevo, pero esta vez porque, para una vez que conoces a alguien de carne y hueso, necesitado de un gesto, de algo de cariño, no eres capaz de reaccionar a tiempo.

» Al final, C. y yo hemos hecho el resto del viaje, incluida la espera en el aeropuerto, muy callados, con la nariz hundida en nuestros periódicos, cada uno como con miedo a que el otro se diera cuenta de que nos hemos puesto un poco tiernos y nostálgicos con la historia del taxista.

» Y para redondear el día, estoy encerrado en un taxi de nuevo, atrapado en un atasco mientras la noche se vuelve más y más oscura. Tengo que confesar que echo de menos al taxista enamorado de Barcelona. Éste de ahora es uno de modelo estándar. Por el olor, fuma puros en el coche, aunque ahora no lo está haciendo, y no es partidario de limpiarlo o ventilarlo muy a menudo.

» Menos mal que, por lo menos, le ha dado por poner deportes en la radio. Creo que si me llega a tocar uno facha, con el profeta de turno en la emisora de siempre e intentando meterme en una charla sobre política, hoy me había metido y la habíamos armado.

» Después de un prólogo poético, no estoy para que me toquen los cojones con prosas tendenciosas.»

...





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[No he podido evitarlo: unos meses después, hoy es 21 de septiembre, he hecho unas pequeñas correcciones y tengo una "versión dos" de ese post, que pongo aquí, a continuación. Algún día igual me decido por una de las dos, o por una tercera, y borro lo que sobre.]
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Lucía y los hombres del traje gris (versión 2)


Sucedió hace ya unos años. Estaba en Barcelona, en compañía de mi jefe de entonces. Una persona con la que no tenía una mala relación, pero, desde luego, no se puede decir que fuéramos amigos y, mucho menos, que fuera alguien adecuado para compartir con él una experiencia asociada a los sentimientos y las pasiones.

Era un día normal. Viaje de trabajo. Uniforme de trabajo. Visita a unos clientes potenciales, más bien poco potenciales. Máscara de personas encantadoras, competentes, ellos y, especialmente, nosotros, obligados a parecer "jóvenes aunque sobradamente preparados", ... Mundo "powerpoint", en definitiva. Nada de lo que sentirse especialmente orgulloso ni que fuera a dejar ninguna huella especial en ese día, por lo demás gris y un poco triste.

Salíamos, aliviados por la sensación de trabajo cumplido, de un gran recinto cultural encerrado en un barrio antiguo y con trazas de marginalidad en las calles que lo rodeaban. Huyendo en parte de la mediocridad del día y deseosos, al menos yo, de coger cuanto antes un avión a Madrid, de volver a nuestras casas, a nuestras vidas personales, a estar con personas a las que queríamos de verdad y haciendo cosas que nos interesaban de verdad, como besar, leer, cocinar, acariciar, ...

De forma descuidada, pensando que era un gesto más de los miles que ya llevaba hechos de ese tipo y que he seguido haciendo desde entonces, levanté la mano que me dejaba libre el maletín para parar, antes de que se escapara, un taxi que arrancaba después de dejar a alguien unos metros más atrás. Pero era un taxi muy especial. Un taxi que encerraba una gran historia de amor apasionada y, al menos en parte, fracasada, como siempre han sido las historias de amor que nos han conmovido.


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«No he podido evitarlo. Y mira que me da vergüenza reconocerlo. Cuando ellos se han montado en el taxi, yo todavía estaba en una nube.

» Recuerdo una vez siendo niño. Estaba sentado en la rama de una higuera, recogiendo y comiendo higos maduros, dulces y robados. Envuelto en ese placer clandestino, íntimo, dulce y atemporal de las cosas que no compartes con nadie pero que hace mucho tiempo que soñabas con alcanzar. De repente la rama se rompió y, casi sin saber cómo, en menos de un segundo estaba en el suelo. Más sorprendido que dolorido, con la sensación de placer aun tan viva que casi no era capaz de comprender que estaba en el suelo, de sentir el dolor.

» Así estaba cuando han entrado ellos, se han sentado en el asiento de atrás y han dicho "al aeropuerto, por favor", como tantas otras veces me ha sucedido. Eran dos hombres jóvenes, no sé cómo de jóvenes, pero estoy casi seguro de que podrían haber sido mis hijos si la historia que acababa de revivir hacía unos minutos hubiera llegado a buen puerto.

» Dos hombres normales, fáciles de confundir con los miles de ejecutivos de traje oscuro y corbata discreta que he llevado al aeropuerto desde hace más de veinte años. Sin embargo, tengo la impresión de que no los olvidaré nunca. Quizás olvide sus caras. Además no conozco sus nombres, ni dónde viven, aunque imagino que en Madrid. Casi ni recuerdo sus voces, pero creo que los recordaré siempre de una forma especial, porque son las primeras y únicas personas que saben que la amé y que aun la amo. Que sigo enamorado de ella como sólo puede estarlo un niño que está descubriendo los sentimientos y las pasiones, de esa forma incondicional y tan intensa que parece que no deja hueco en tu vida para nada más.

» No he podido evitar decirles, después de pedir perdón por hacerlo, que hoy he vuelto a verla. Que ella es el amor de mi vida. Que la quiero desde hace casi ya cincuenta años. Que no he podido dejar de pensar en ella, ni un solo día, desde aquellos del verano de mil novecientos cincuenta y cinco. El verano que ella pasó con su familia en el pueblo de la costa en el que yo nací y en el que mi padre tenía la única panadería.

» Les he contado que ella era una bonita niña de Barcelona, que empezaba a ser mujer, a sus, imagino trece o catorce años y que yo era el adolescente soñador que le entregaba todos los días el pan a la puerta del piso de la playa que habían alquilado para pasar aquel único verano.

» Era algo que hacía todos los veranos desde los diez años, pero ayudar al negocio familiar en esos meses siempre había supuesto una tortura para mí. Tímido por naturaleza, prefería pasear por los acantilados, lejos de la playa llena de bañistas llegados de Barcelona, o subir a la azotea de nuestra casa y pasar las horas muertas mirando el horizonte y soñando con viajar, con huir de este pueblo y recorrer el mundo como los héroes de los relatos que tanto me gustaba leer cuando no estaba soñando. Recuerdo que lo único que no entendía de esos relatos era el empeño que tarde o temprano tenían todos los héroes por acabar en brazos de una mujer. Me costaba imaginar por qué casi todas esas historias tenían que acabar en matrimonio con la chica rescatada.

» Aquel primer día lo entendí todo. El mundo se hizo distinto a partir del momento en que ella abrió la puerta. Ella era la princesa de esos relatos. Ojos azules, cabellos dorados revueltos, enmarcando una sonrisa tan dulce que todavía hoy me hace sonreír y me estremece de angustia y placer al añorarla. Entonces entendí, sin saber que era lo que me estaba pasando, lo que hacía que los héroes volvieran siempre al puerto aunque el mar estuviera lleno de aventuras y camaradería, de secretos y tesoros. Descubrí que había miradas que te hacían temblar de miedo y placer a la vez. Que podías sentirte insignificante y capaz de comerte el mundo al mismo tiempo. Que todo era posible y que los sueños existían. Que respirar podía llegar a resultar muy difícil cuando tienes un agujero en el pecho y el corazón golpeando dentro de él con una fuerza hasta entonces desconocida.

» No sé cuantos minutos pasé allí delante de esa puerta abierta, de aquella muchacha que, a partir de ese momento iba a ser algo inseparable de mi mismo.

» Cuando al fin conseguí decir algo, balbuceé algo incomprensible, le entregué el pedido que habían hecho y me di la vuelta a todo correr para evitar que viera mi cara que, a la fuerza, tenía que reflejar aquel terremoto que yo había sentido dentro de mí.

» A partir de ese día y durante los casi dos meses que pasaron allí ella y su madre, acompañadas algunas semanas por su padre, repartir los pedidos fue para mí el mayor de los placeres, el reto más heroico, la aventura más gratificante. Cada día me acercaba a su puerta con el corazón alborotado, pero, poco a poco, fui consiguiendo dominarme y disfrutar más del momento. Hasta conseguí entablar alguna conversación trivial sobre el clima o las actividades veraniegas del pueblo, que comenzaron a interesarme sólo para poder tener algo de lo que hablar con ella, mientras le entregaba el pan e intentaba de forma furtiva rozar sus dedos.

» Ese año también empecé a ir a la playa, sólo para espiarla de lejos, para verla pasear hasta el agua, nadar un poco, y volver a salir del agua. Allí, además del amor, descubrí el sexo como parte del amor. Tumbado boca abajo en la arena, sentía, avergonzado al principio y mucho más relajado unas semanas después, como una fuerza incontrolable tomaba el control de mi sexo y lo ponía duro como jamás pensé que pudiera llegara estar. Confieso que ya había tenido antes alguna erección, pero eran cosas aleatorias, sin una relación clara entre causa y efecto. Erecciones espontáneas mientras dormía, que la educación religiosa y represiva de aquellos años, me hacían percibir como algo sucio y feo.

» Aquel año, en la playa, intuí que el sexo también podía estar unido a la belleza, que no era incompatible con la adoración y que, incluso, ganaba si se mezclaba con el amor.

» Ese verano, la vida empezó a tener otro sentido para mí. Aunque no llegué a acercarme a ella en serio y limité mi contacto a esa entrega casi protocolaria del pedido diario, por culpa de ella decidí muchas cosas que han hecho que llegue a ser lo que soy, que hoy esté conduciendo este taxi en Barcelona del que se acaban de bajar esos dos hombres hasta ahora desconocidos y que creo que empezarán a estar unidos en parte al recuerdo de ella.

» Ese año decidí que mi gran aventura iba a ser ir a vivir, como fuera, a Barcelona. Renuncié a seguir con el negocio familiar una vez que mis padres se jubilaran y han sido mi hermana pequeña y su marido los que han mantenido abierta la vieja panadería de mis padres hasta hoy mismo. Tan pronto como me fue posible, huí tras ella, contra el criterio de mis padres y ganándome su incomprensión hasta el mismo día en que se murieron, sin saber por qué lo había hecho. Todavía hoy, mi hermana sigue considerándome un poco raro y, aunque ya me ha perdonado, sigue sin entender por qué después de hacer la mili, por suerte en Barcelona, aproveché que había aprendido a conducir allí para quedarme trabajando de chófer, primero de camiones de reparto y con los años y los ahorros para comprar coche y licencia, de un taxi con el que me puse a recorrer la ciudad, con el único objetivo de encontrarla algún día y confesarle mi amor.

» Desde entonces he hecho muchos kilómetros, tenido algunas aventuras pasajeras con mujeres de las que nunca llegué a estar enamorado y leído muchos libros, ya que es a lo que dedico esta vida solitaria cuando no conduzco, a leer todo tipo de libros, especialmente novelas. Leo en las bibliotecas. Leo los libros que se olvidan en el taxi. Leo libros que compro de forma compulsiva y desordenada en los puestos callejeros. Creo que puedo decir que he sido feliz y que, aunque no llegué a vivir mi historia de amor con ella, he vivido muchas otras en los libros en los que confieso, también he ido siempre buscándola.

» Ya no queda casi nada de aquel adolescente que se enamoró perdidamente de ella, pero hoy, cuando se ha subido en mi taxi, tras casi cincuenta años, no he podido dejar de sentirme como aquel adolescente que fui. He esperado a que hablará para que su voz me confirmara que lo que yo había creído reconocer en esa señora madura, no era una más de las múltiples percepciones equivocadas que he tenido durante todos estos años.

» Y su voz me lo ha confirmado.

» Debajo de las arrugas, de ese aspecto elegante, pero similar al de muchas otras mujeres de clase media de esta ciudad, yo había visto los rasgos de la muchacha que una vez fue y su voz seguía conservando ese timbre inconfundible, especial. Mi corazón ha dado un vuelco de nuevo, como aquel día, y por unos segundos he pensado que me iba a dar un infarto e iba a morir allí mismo, delante de su mirada horrorizada. Afortunadamente he conseguido comportarme como una persona civilizada.

» Nunca llegué a saber su nombre, aunque cuando escuché por primera vez a Serrat cantar "Lucía", decidí que ella era mi Lucía y, para mi mismo, empecé a llamarle así. Hoy he estado a punto de llamarle Lucía y después le he contado que yo era originario de mi pueblo; y que allí repartía el pan los veranos; y que creía que ella era una muchacha que había pasado allí un verano; y que yo la llevaba el pan todas las mañanas. Ha tardado unos segundos en recordarlo o, al menos, en decir algo. Quizá estaba tan sorprendida que no sabía qué hacer, ni qué pensar. A lo mejor a llegado a pensar que yo estaba loco. Pero después de esos instantes de desconcierto, he notado en sus ojos reflejados en el retrovisor y en el timbre rejuvenecido de su voz, que volvía a aquel verano de su adolescencia. Quizás, como a mí, le ha parecido que este día gris de ciudad recuperaba algo de la luz ingenua de aquel verano, de ese tiempo muerto y muy vivo a la vez de los veranos de la infancia y adolescencia.

» Ella ha estado muy correcta. Me gustaría poder decir que ella, sin poder retener unas lágrimas, me había confesado que ella también me amaba y que nunca me había olvidado después de aquel verano. Pero la vida no es así. No es fácil hacer coincidir a más de un loco al mismo tiempo en un taxi y hoy ese papel estaba reservado para mí. Creo que sí que puedo decir que no mentía cuando me ha dicho que sí me recordaba; y que también era sincera la actitud cariñosa y nostálgica con la que escuchaba mi historia. No me engaño y sé que cuando me ha dicho que el local delante del que nos hemos parado, una confitería elegante y clásica, era suyo y que allí podía encontrarla si necesitaba cualquier cosa, estaba simplemente siendo amable, quizás abrumada y un poco asustada por una adoración que ella no había solicitado ni esperado.

» Al llegar a su destino, cuando me he negado a cobrarle la carrera, ella me ha dado la mano y he notado que la dejaba ahí más tiempo de lo normal, como dudando, antes de tirar suavemente, pero con firmeza, para acercar mi mejilla y depositar en ella un beso ingenuo, infantil y maternal al mismo tiempo.

» Mi historia con ella ha acabado, esta vez creo que para siempre, de la misma forma que empezó. Me he vuelto a ruborizar y, al final, he olvidado preguntarle su verdadero nombre, arrancando un poco bruscamente mientras ella se alejaba, casi huía, creo que esta vez también un poco avergonzada de su atrevimiento.

» Para mí seguirá siendo Lucía, la que nunca he tenido y la que perdí.

» Es curioso, tantos años esperando a que suceda algo y tiene que suceder cuando ya había tirado la toalla. Hace poco más de un mes, cuando cumplí los sesenta, decidí de forma solemne que esto era una estupidez y que ya estaba bien de seguir persiguiendo el mismo sueño desde los quince años.

» Luego se han subido ellos dos al taxi. Hemos llegado al aeropuerto, pero no sabría decir que trayecto hemos seguido, ni si había tráfico o no. Supongo que los años de profesión sirven para algo y el piloto automático ha hecho su trabajo. Mientras tanto, yo sólo podía pensar en ella y en lo que me acababa de pasar.

» Ahora estoy en mi taxi, a una orilla del camino, completamente desorientado. Hace unos minutos, tal vez muchos, que estoy aquí sentado, sin saber qué hacer con mi vida. Mezclando la alegría de haberla vuelto a ver con la certeza de que éste es el final.

» Todavía quiero a esa muchacha que conocí, aunque no estoy seguro de poder seguir amando a esa señora que he visto hoy»


...


«Tiene cojones. Te levantas a las cinco de la madrugada. Coges un taxi, después un avión, después otro taxi y llegas a visitar a unos estirados de mierda, que te miran por encima del hombro, snobs y pretenciosos como si hubieran descubierto la ciencia ellos mismos y tú sólo fueras un pobre vendedor, un pequeño estafador de feria, que se quiere hacer pasar por alguien de su círculo. Después de aguantar durante un par de horas su mirada condescendiente y su falsa amabilidad e interés, mientras C. hacía su exposición, salimos a la calle deseando huir cuanto antes hacia el aeropuerto y paramos un taxista loco.

» Bueno, loco del todo igual no estaba. Pero un poco tarado sí. Mira que nos empieza a contar su vida. Hay cosas que te pasan y no te las puedes creer. El tío parecía recién salido de una novela de esas inverosímiles de García Márquez. Nos aseguraba que lleva pillado con la misma tía desde hace casi cincuenta años. Imagino que, puro amor desbordado, como de bolero, pero a la catalana. Pero lo peor de todo es que era un amor platónico y que no la había visto, ni oído
desde entonces. Ni siquiera sabía exactamente quien era.

» Y resulta que la acababa de ver. Que se ha subido a su taxi justo antes que nosotros y se acababa de bajar unos metros más atrás del lugar donde nos ha recogido. Por un momento he pensado que el tío estaba jarú y que esta historia se la iba contando a todo el mundo. Después de los años que llevo conociendo personajes increíbles al volante de un taxi en Madrid, he pensado que Barcelona también tiene derecho a su cuota de taxistas raritos. Luego he pensado que igual había bebido, lo que es casi peor.

» Pero la cosa es que el buen hombre era muy educado y parecía bastante normal, salvo por el detalle de que nos estaba contando aquella historia. Sí que es verdad que ha empezado muy poco a poco y pidiendo disculpas por no poder evitar callarse. Estoy por decir que, si C. no le llega a dar pie para seguir, hasta puede que se hubiera callado. Yo le miraba a él y luego a C. y la verdad es que, poco a poco, he empezado a creerme lo que estaba contando.

» Menuda mierda. Al final estaba a punto de ponerme tierno y darle un abrazo al pobre hombre. Le he visto tan solo en esa historia de amor desesperado (y desesperante), que parecía sacado de una película. Si no era verdad lo que nos contaba, el tío es un actor cojonudo.

» La cosa es que al final sospecho que a C. también le han entrado ganas de darle un abrazo, más que nada por la cara de entregado a la causa que se le iba poniendo según el viejo nos contaba cómo había pasado todos estos años esperándola. Al final ni él ni yo nos hemos atrevido a hacerlo. Como tíos moderados y discretos que somos, nos hemos bajado del taxi sin demasiada ceremonia, balbuceando algo parecido a un mensaje de ánimo para este hombre, pero sin atrevernos siquiera a darle un buen apretón de manos.

» Tiene cojones la cosa. Sales de casa desanimado, pensando que vas a vivir un día hipócrita haciéndote el amable con personas a las que, en el fondo, desprecias y que sabes que van hacer lo mismo contigo y resulta que luego vuelves a casa desanimado de nuevo, pero esta vez porque, para una vez que conoces a alguien de carne y hueso, necesitado de un gesto, de algo de cariño, no eres capaz de reaccionar a tiempo.

» Al final, C. y yo hemos hecho el resto del viaje, incluida la espera en el aeropuerto, muy callados, con la nariz hundida en nuestros periódicos, cada uno como con miedo a que el otro se diera cuenta de que nos hemos puesto un poco tiernos y nostálgicos con la historia del taxista.

» Y para redondear el día, estoy encerrado en un taxi de nuevo, atrapado en un atasco mientras la noche se vuelve más y más oscura. Tengo que confesar que echo de menos al taxista enamorado de Barcelona. Éste de ahora es uno de modelo estándar. Por el olor, cuando no tiene pasajeros, fuma puros en el coche y, además, no es partidario de limpiarlo o ventilarlo muy a menudo.

» Menos mal que, por lo menos le ha dado por poner deportes en la radio. Creo que si me llega a tocar uno facha, con el profeta de turno en la emisora de siempre e intentando meterme en una charla sobre política, hoy me había metido y la habíamos armado.

» Después de un prólogo poético, no estoy para que me toquen los cojones con prosas tendenciosas.»

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lunes, 31 de marzo de 2008

Engañar al reloj

Esta mañana me ha costado levantarme el doble que ningún otro día.

Después he andado por casa absolutamente despistado, como si una membrana me envolviera y me separara del resto del mundo.

A las niñas y a mí nos ha costado salir y llegar al cole también más que el resto de los días.

Casi me duermo en el metro y no me he enterado de nada de lo que he leído mientras iba en él.

Al salir, iba por las calles desorientado y confuso, como si se tratara de un lugar extraño y no del mismo que recorro desde hace años.

He llegado a la conclusión de que hoy mi cerebro funciona con una hora de retraso.

Aunque lo intenten, no se puede engañar al reloj y robarle una hora. Al menos, al que llevamos dentro.

(aunque el de pulsera también se ha vuelto un poco loco y, para aumentar mi confusión, ha decidido que hoy es día uno en lugar de treinta y uno)

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martes, 25 de marzo de 2008

"Elena no tiene pueblo (y yo tengo por lo menos tres)"

Esta mañana me contaba mi hija pequeña que Elena, una de sus amigas del cole, "no tiene pueblo".

Ella, mientras, estaba muy ufana porque tenía por lo menos tres: uno por cada lugar donde viven sus abuelos paternos y maternos y solemos pasar temporadas vacacionales, incluyendo la "casa del pueblo" de mi madre.

En un recuento más generoso llegaba incluso a siete "pueblos", al sumar lugares en los que hemos estado sólo de forma más ocasional, como los pueblos natales de mis suegros, la casa en el monte del tío P. (que para ella es un pueblo distinto) y, en el extremo de lo que yo podía haber imaginado, el pueblo/ciudad donde vive una prima ¿tercera? (estamos hablando de una hija de mi prima), en el que no ha estado nunca más de unas horas, pero por el que pasamos cuando vamos a uno de los pueblos "de verdad".

He descubierto que, en Madrid, tener un pueblo es algo imprescindible e incluso, al menos en las clases de segundo de infantil, una "riqueza" de la que se puede presumir. Yo recuerdo mi infancia en preescolar en la que presumíamos de que teníamos un hermano mayor o un primo que sabía kárate y, en buena lógica, "le podía" al hermano o primo del compañero de clase.

Ahora parece que de lo que hay que presumir es de tener pueblo, aunque, algunas veces no me acaba de quedar clara la ventaja de tener varios pueblos, mucho menos si están a varios cientos de kilómetros del lugar donde vives y al que, desgraciadamente, tienes que volver después de las vacaciones.

Reconozco que esta duda no me asalta cuando se trata de vacaciones de verdad, en las que veo las ventajas claras de tener "pueblos", pero sí que lo hace si se trata de mini vacaciones.

Y es que creo que, en parte, estos pueblos, múltiples y relativamente distantes, son los culpables de que esté más bien cansado después de estas supuestas vacaciones de Semana Santa.

Como las niñas tenían vacaciones la semana completa, pero nosotros no, fuimos el fin de semana anterior, el del Domingo de Ramos, para dejarlas en casa del hermano de A. (¡muchas gracias, por cierto!). El domingo nos volvimos a Madrid A. y yo solos, pero no sin antes haber pasado por casa de mi madre el sábado. Ya llevábamos los primeros 900 kilómetros de coche y no habíamos hecho más que empezar.

El jueves a primera hora salimos de nuevo para el pueblo de A., recogimos a las niñas, comimos con la familia y, esa misma tarde y ya con las niñas, salimos para el "pueblo pueblo" de mi madre, que está a unos 110 kilómetros, en la montaña de Castilla y León. La idea era estar allí algún día, pero intentando esquivar la nieve que anunciaban a partir de la noche del viernes. Así que sólo pasamos allí día y medio (una noche) y el viernes por la tarde nos volvimos a casa de los padres de A.

En ese momento ya llevábamos bastantes más de 1.500 kilómetros.

El domingo por la tarde, de nuevo de vuelta a Madrid, pasando por nieve en el norte y, especialmente, el gran atasco cuando ya nos empezábamos a acercar a Madrid.

El resultado de tanto ir y venir, más de dos mil kilómetros en poco más de una semana, es que tengo la sensación de no haber descansado nada. Más bien todo lo contrario.

Pero, bueno, al menos hemos estado con la(s) familia(s).

Y, además, mi hija la pequeña podrá presumir en clase de que, durante estas vacaciones, ha estado en tres de "sus pueblos" .

Siempre es un consuelo.

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lunes, 10 de marzo de 2008

Alta traición

Hace ya muchos años que mi sentimiento patriótico está más que venido a menos. Sospecho que nunca lo he tenido. Quizá se ha tratado de una reacción de protección ante el ambiente que me invitaba a tener una fuerte identificación nacionalista o simplemente una muestra de realismo y capacidad crítica: me gustan, amo y valoro las realidades, pero no es fácil convencerme con ensoñaciones que, en muchos casos, además esconden intereses inconfesables o, al menos, poco claros.

Durante muchos años la mejor representación que había encontrado de mi forma de sentir y vivir mi relación con mi mundo y mis gentes era un poema del mejicano José Emilio Pacheco, cuyo título, "Alta traición", he usado para encabezar este post.


Alta traición (José Emilio Pacheco)

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto
es inasible.

Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Bueno, en realidad, lo mío era bastante más ligero. Yo creo que, como mucho, daría la vida sólo por "cierta gente" (muy poca me temo) y nunca por cosas y menos "fortalezas". Pero si no lo interpretamos literalmente, recoge esa idea de que uno puede estar estrechamente identificado con cosas y personas sueltas, sin necesidad de subirse al carro de esas patrias prefabricadas que nos proponen. Que es posible sentirse vinculado a lo propio, integrado en una realidad que encaje en un modelo personal, compartida en parte con tus conciudadanos, pero sin ser un fiel seguidor de consignas externas.

En los últimos días, como siempre que hay unas elecciones a la vista, me he visto revisando algunas de mis convicciones cívicas. Creo que, a estas alturas de mi vida empiezan a ser bastante fijas, pero nunca se sabe. Al fin y al cabo estoy en esa edad central en la que la literatura de autoayuda habla de replantearse el resto de la vida y revisar lo que hasta ahora parecían firmes principios.

Como os decía, uno de mis "firmes principios" hasta ahora era que quizá no amaba mi patria, que ni siquiera estoy seguro de cuál es. Sospecho que, en el caso de que haya algo que yo pueda llegar a llamar patria, se trata de una realidad superpuesta, cambiante y multiforme, hecha de una mezcla de personas, tiempos y lugares, sin respeto a fronteras, distancias ni otras convenciones distintas de mi identificación personal y absolutamente intransferible, pero a la vez cambiante y dispuesta a enriquecerse con nuevas personas y lugares.

Es más, algunos ratos, en realidad una o varias veces casi todas las semanas, no podía (no puedo) evitar odiar una parte de mis varias supuestas patrias superpuestas. Pero a pesar de todo, no llegaba a sentir desapego y me parecía una irresponsabilidad que no podía permitirme el desentenderme de lo que estaba pasando.

Por esa razón nunca he dejado de votar cuando hay elecciones.

En general suelo votar a la opción que considero "menos mala". Para poder hacerlo mantengo un comportamiento inalterable: no sigo los debates, las campañas y esas cosas, porque pueden llegar a conseguir que no vote a nadie. No soporto a los políticos en campaña y algunos los están todo el año. Puro populismo demagógico, salvo contadísimas excepciones. Incluso cuando detrás haya propuestas serias e interesantes o personas con fundamento, la mayor parte de las veces la locura electoralista y las consignas simplistas de sus asesores les hacen parecer vendedores tramposos de teletienda y no puedo dejar de preguntarme si no estoy entregando mi voto a un timador irresponsable o, lo que casi es peor, incompetente.

Pero bueno, es lo que hay. Como al final va a salir alguien elegido y prefiero que sea el que me produce menos rechazo. Y en eso sí que hay [muchas] diferencias.

Voto "a la defensiva". Pienso que si te abstienes o haces una supuesta protesta individual subversiva como tachar los nombres de las papeletas o votar a partidos ridículos como el de los "no fumadores" (os juro que ayer lo vi en las papeletas electorales), lo único que estás consiguiendo es renunciar a "defenderte" a ti y a los tuyos de los que tienes muy claro que sí que son una opción peor.

Y lo peor de todo es que tu acto de rebeldía individual no tiene ninguna repercusión: no existe. No sumas nada y ni siquiera consigues restar.

Por eso, sigo pensando que es peor desentenderse que equivocarse. Al menos, votar a alguien me da derecho a sentirme defraudado cuando, previsiblemente, haga tonterías con las que no estoy para nada de acuerdo.

La democracia es lo que tiene. Aunque muy poco, tienes derecho a decidir. Eso no quiere decir que controles lo que pasa, pero algo sí que puedes hacer o intentar hacer.

No sucede lo mismo con otras cosas.

Por ejemplo, la Iglesia (la oficial) sólo te deja la opción de no participar. Yo tengo la convicción de que si nos hubieran dejado votar a todos los que alguna vez nos hemos sentido parte de ella, no estarían al frente personajes como Rouco o Ratzinger, más interesados en el pecado, el infierno y la represión de la felicidad, que en traer la justicia o el amor al mundo. Si nos hubieran dejado votar, es muy probable que siguiéramos dentro y que la Iglesia no tuviera una emisora de radio que sólo difunde el odio al otro, al distinto y despierta sin pudor fantasmas que parecían del pasado o de estados culturales superados como el racismo y la xenofobia tribal.

Por eso, cuando el otro día leí el artículo de Maruja Torres en El País ("Por favor"), llegué a la conclusión de que está vez tenía que ir a votar también para defender a todos los cristianos de buena fe de Rouco y de sus amigos. Para defender a la gente sencilla y buena, que cree en las cosas y que sólo quiere eso, ser buena gente. Para defender a la gente que va a ver un Jesucristo Superstar distinto de lo que pide la ortodoxia, con unos apóstoles que son la mitad mujeres, y sale con un subidón de fe, como me confesaba una vecina.

Suma y sigue. Más razones para no estar al margen.

Y, aunque me pase como a Elvira Lindo ("¿Qué es lo que yo espero?") que no espero que los políticos cumplan con sus a veces ridículas promesas electorales, como ella, soy de esos a los que "nos basta con que las personas nos ofrezcan la confianza suficiente como para pensar que nos ayudarán a pasar mejor una crisis y que aumentarán, en la medida de lo posible, el bienestar de los más desfavorecidos".

Por eso, sigo manteniendo algunos principios firmes, a pesar de mis cuarenta y tantos.

Sigo pensando que hay que defenderse de los peores optando por los menos malos.

Otra cosa, al menos en mi caso, sería una traición.

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martes, 12 de febrero de 2008

Noches agitadas


Hay noches, normalmente después de días en los que empiezas muchas cosas y no acabas ninguna, en las que los sueños parecen seguir la misma dinámica.

Hay noches de sueños enloquecidos y despertares repentinos.

Hay noches de más y más vueltas.

Hay noches, como siempre, cortas pero que, por momentos, se hacen largas.

Hay noches que, cuando suena el despertador, desearías que comenzaran de nuevo.

(A ver si, en una segunda vuelta, te dejan por fin descansar)

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Post "interruptus"


Hay días en que uno no sabe muy bien por donde empezar.

Hay días en que las cosas se amontonan sin orden y concierto y pasas horas enteras intentando sólo no desaparecer aplastado por ellas.

Hay días en que empiezas muchas cosas y no acabas ninguna.

Hay días en que ...


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viernes, 8 de febrero de 2008

Frenética actividad


Ya lo sé: me había prohibido a mí mismo hablar de trabajo en este blog.

Sin embargo no puedo evitarlo, ya que últimamente el trabajo ha vuelto a inmiscuirse en mi vida privada y es el único ingrediente que le faltaba a mi ya de por si "intensa" vida privada.

Os hablaba ya hace unos días, demasiados, de los cuadros por colgar, de la pequeña transformación en casa que "ya puestos" se hizo grande, de los diversos asuntos pendientes.

Desde entonces, se han ido sumando otras ocupaciones más: viajar un fin de semana con los amigos para asistir a una fiesta muy especial, preparar disfraces o atrezo de Carnaval y, sobre todo, trabajo, reuniones, cursos y más trabajo.

Tal es el barullo que me he montado conmigo mismo, que, a estas alturas, sigo sin haber tenido unos minutos la cabeza despejada para pensar en qué contaros.

Este post sólo es para deciros que no he cerrado, que este blog sigue abierto, que espero que algún día hasta tenga algo que contaros.

Por el momento, sigo buscando, pero sólo en los ratos libres, que, ahora mismo, no existen.

Malos tiempos para la lírica.

Otros vendrán ... espero


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viernes, 11 de enero de 2008

Ya que nos ponemos


En contra de los que pueda parecer, una de las frases más peligrosas que uno puede oír o pronunciar él mismo es el aparentemente inofensivo "Ya que nos ponemos ..." o sus variantes ("Ya puestos ...", "Una vez que empezamos ya no lo vamos a dejar a medias", "Una cosa lleva a la otra y ...", ...)

Lo digo por experiencia propia y reciente.

Todo empezó porque el sofá azul estaba en un estado lamentable después de diez años de malos tratos, dos hijas pequeñas, una mudanza y la colaboración desinteresada de una chica boliviana, por lo demás majísima.

Pero, "ya que nos poníamos" ... igual era mejor pensar en cambiar los sillones de cuadros que estaban a su lado. Y "ya puestos", a lo mejor había que cambiar la disposición de los muebles. Y "puestos en la labor", la alfombra también estaba pidiendo un reemplazo; y la mesa; y el mueble de la tele; y una de las lámparas del techo; y, a lo mejor, aquel armario quedaba mejor aquí; y  ...

Y, por supuesto, había que pintar, pero "ya puestos" ... mejor pintar toda la casa; y cambiar la mitad de las cortinas; y las luces de la cocina; y, al cambiar los colores de las paredes y la disposición de los muebles, habría que mover de sitio o reemplazar los cuadros de las paredes de toda la casa; y ...

El resultado de un inocente gesto como mover un sofá de sitio (todavía ni siquiera tenemos el nuevo) es que tengo un montón de libros metidos en cajas y ocupando el pasillo, todos los cuadros de la casa apoyados en las paredes de mi habitación, dos bombillas colgando de casquillos en la cocina y una lista de "asuntos domésticos pendientes" que amenaza con superar en dimensiones a la de las campanillas del Outlook que cada día me saludan al llegar a la oficina.

Estos días estoy más convencido que nunca de que la mayor parte de nuestros actos y obligaciones en la vida (y alguna de sus alegrías) no tienen una explicación sencilla y que la secuencia lógica de acontecimientos que te han llevado a ellos es tan alambicada que la mayor parte de las veces parecen seguir una lógica difusa o poética (mágica decían otros), pero, desde luego, no racional.

Un día normal, y sin haberlo previsto, conoces a alguien en un curso, le sonríes, empiezas algo que parece una simple camaradería y ... "ya puestos" "una cosa lleva a la otra" y, casi veinte años después, estás viviendo con ella y dos hijas comunes en una ciudad que está más de cuatrocientos kilómetros de tu casa original y del lugar en que os conocisteis.

Cada vez estoy más seguro de que es un disparate o, al menos, una pérdida de tiempo intentar planificar las cosas. Los acontecimientos se empeñan en tener su propia dinámica y arrastrarse unos a otros y a ti con ellos.

Al final, lo único que cabe es tener una buena capacidad de reacción y mucha suerte para agarrarse a las cosas buenas que te van pasando y esquivar o recuperarse lo más rápidamente posible de las malas.

No sé si es una teoría muy científica. De hecho, yo sólo había empezado a escribir un post sobre el pequeño lío doméstico que hemos montado casi sin haberlo previsto y, como "una cosa lleva a la otra", "ya puesto", he acabado haciendo teoría general que no estaba en el guión original.

No soy capaz de planificar ni el contenido de una página, pero es que "ya que me pongo ..."

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viernes, 28 de diciembre de 2007

Contarle la vida a un extraño


Hace años tuve una experiencia muy entrañable y de la que guardo un bonito recuerdo.

Estábamos a finales del mes de junio, yo iba en un tren de Perpignan a Barcelona y a mi lado estaba sentada una señora bastante mayor que, por otra parte, ocupaba el asiento que debería haber sido mío.

Ella y sus dos nietos ya estaban allí cuando yo subí al vagón en Perpignan y, después de una pequeña confusión inicial, descubrimos que ellos ocupaban los asientos correctos, pero del vagón equivocado. Como el asiento que estaba a su lado estaba libre y no parecía que hubiera nadie más reclamándolo, decidimos que yo me sentaría allí y que ellos cruzarían los dedos para que nadie más subiera al tren intentando utilizar los asientos que ocupaban.

La verdad es que la anciana, que tendría bastantes más de ochenta años, y sus nietos, un niño y una niña de unos ocho años, formaban un grupo bastante frágil y daba mucha pena pensar que tuvieran que andar de un vagón a otro con todos sus bártulos.

Toda mi conversación inicial se había producido en francés y el aspecto intensamente rubio y "perfectamente francés" de los niños no me hacía pensar otra cosa distinta de que se trataba de una abuela francesa, que iba con sus nietos a alguna de las playas del litoral catalán.

Sin embargo, aprovechando la anécdota inicial que nos hizo romper el hielo, la señora continuó hablando sin parar (yo sobre todo escuché) hasta que llegamos a Barcelona y me hizo ver que llevaba horas (o quizás días ..., o años) necesitando hablar con un adulto que la escuchara, sólo eso.

No sabría decir exactamente todo lo que me contó y, al intentar contároslo ahora, estoy casi seguro de estar inventando la mitad. Ni siquiera puedo decir en qué lengua me hablaba, porque se pasaba, sin solución de continuidad, del francés al castellano y del castellano al catalán (valenciano decía ella), volviendo de nuevo al francés. Supongo que tenía que ver con la historia o la persona que estuviera recordando en cada momento, pero no puedo asegurarlo. Yo, por mi parte, en mis pequeñas aportaciones, utilizaba indistintamente el francés o el castellano, dependiendo de la última lengua que ella hubiera utilizado.

Lo que sí recuerdo es que me contó su vida entera, como conoció a su marido en Valencia, de donde eran los dos; como los dos, juntos e ilusionados, se casaron de forma un poco precipitada y sin todos los beneplácitos familiares, emigraron, casi huyeron, primero a Barcelona y, unos años más tarde, a la periferia industrial de París.

Me describió los primeros años duros, recién llegada a Francia, sin conocer el idioma, esperando en casa a que su marido volviera del trabajo, hablando en el humilde barrio obrero con sus vecinas polacas, portuguesas o de cualquier lugar imaginable, incluyendo algunas  españolas. Como, poco a poco, fue integrándose, descubriendo cómo funcionaba aquella sociedad y prosperando, teniendo hijos, ya franceses, ... y, especialmente, envejeciendo.

Su marido se jubiló y, por lo que se ve, murió pocos años después, dejándola sola. Me dio la impresión de que había estado muy enamorada de él y, por la mirada que ponía mientras me lo contaba, aun seguía echándolo de menos.

Mientras tanto, sus hijos, dos varones, ya se habían hecho mayores, habían hecho estudios universitarios, se habían casado, ... Uno de ellos estaba trabajando en Brasil. El otro había ido a vivir al sur de Francia, cerca de Montpellier. Ambos "triunfaban en la vida" y ella se sentía una pieza prescindible en esas vidas que, en el fondo, tan poco tenían que ver con la suya. Vivía "de prestado" en la bonita casa de campo de la campiña francesa de su hijo, abogado de éxito, y dejaba entrever que, en el fondo, no se llevaba demasiado bien con su nuera y que en esa casa y en esa vida tan perfectas, se sentía una extraña. Una sensación, que sólo conseguía compensar la presencia de sus nietos.

Ahora había conseguido una tregua a esa sensación de no servir para nada: iba a Valencia o Alicante, a pasar unas semanas con la familia de su hermano y llevaba con ella a sus nietos franceses, que no hablaban una gota de español, y, por esta razón, se sentía útil. Incluso la notaba ilusionada con la idea. Quizás por eso conseguía contarme las cosas, alguna de ellas muy triste, con esa naturalidad y esa energía.

A estas alturas, podéis pensar que yo debía estar bastante harto de la conversación de esta señora, que estaría deseando llegar a Barcelona para librarme de ella.

Pero no es así.

Esta señora era el colmo de la educación y la sutileza. Conseguía contarme las cosas con tanta ternura y pasión al mismo tiempo, y en esa enloquecedora mezcla de idiomas, que me tenía atrapado entre sus redes narrativas. Estaba creando un universo literario propio, en el que los cambios de idioma eran coherentes y todo parecía tan sincero y, al mismo tiempo, poético, que me tenía entregado.

Recuerdo que, en medio de esa conversación, el tren paró en Collioure y yo pensé que era de lo más adecuado estar dentro de esa historia y, al mismo tiempo, en el lugar en el que murió y está enterrado Antonio Machado.

Cuando llegamos a Barcelona, yo me bajé del vagón y, desde el andén, viendo como se alejaba el tren en que ellos continuaban, no pude evitar tener una sensación de pérdida, como si en ese tren se alejara alguien querido a quien sabía que no iba a volver a ver.

Confieso que unos minutos después se rompió el embrujo. Metido en un taxi, camino del aeropuerto desde donde pensaba seguir mi camino hasta Madrid, ya tenía muy claro que esta señora, que había compartido unas tres horas de viaje conmigo, era, a fin de cuentas, una extraña.

Sin embargo, no puedo evitar acordarme de ella muchas veces cuando me pongo a escribir en este blog. En cierto modo, esto es algo así como contarle tu vida a un extraño. Y sería mucho más fácil si todos mis lectores fueran extraños a los que no iba a volver a ver nunca jamás.

Confieso que hay muchas cosas que no llego a escribir porque me da vergüenza pensar que las pueden leer personas que me conocen y me parecen demasiado sensibles o quizá un poco ridículas. En esos momentos comprendo perfectamente a aquella señora que me usó para su terapia particular. Yo era la víctima perfecta: un extraño al que nunca volverás a ver es el destino perfecto para algunas confidencias de las que quizás no estás muy orgulloso; para sacar a la luz esas pequeñas frustraciones que no te atreves a confesar a tus personas más cercanas y que, muchas veces, han sido provocadas por ellas mismas, ...

Aquella vez, mientras me alejaba de aquel tren y de aquella historia, me sentí útil. Alguien había sacado parte de sus fantasmas y, probablemente, eso le podría ayudar a convivir con ellos.

Igual resulta que, al final, puede ser más útil o, por lo menos, más inofensivo contarle tu vida a un extraño que a una persona cercana.

Creo que, en parte, por eso funcionan los blogs: son una forma cómoda y reposada de contarle tu vida a un extraño.

Y parece que eso es sano.

Para el que lo cuenta y, al menos algunas veces, también para el extraño.

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lunes, 3 de diciembre de 2007

La lluvia

Muy a menudo echo de menos la lluvia de mi tierra, el aire limpio y regenerado después de un aguacero, el color verde que trae a sus campos, ...

Sin embargo hoy, mientras atravieso La Mancha en un veloz tren y contemplo los colores limpios del amanecer sobre una ligera neblina, no puedo dejar  de estar de acuerdo con el texto de Julio LLamazares que acabo de leer y que dice, sobre los colores de su infancia, que "cuando llovía, en cambio, el agua los confundía y el paisaje se volvía tan extraño como un cristal empañado".

Es verdad que recuerdo alguna mañana de invierno, imagino que de sábado o de vacaciones de Navidad, encerrados en aquella cocina grande de la infancia. Mi madre planchando y nosotros, los niños, tirados por el suelo con los indios y vaqueros de plástico o las cazuelas y platos de juguete.

Recupero mi mirada desde el suelo observando el exterior, en un ángulo casi imposible, a través de la esquina superior de la ventana, la única aun no empañada. Me recuerdo contemplando el cielo fundido con la montaña en una única nube gris que parecía estar ahí desde siempre e ir a quedarse en el mismo lugar hasta el final de los tiempos, mientras llovía con la paciencia con la que sólo nuestro cielo sabe hacerlo.

Vuelvo a sentir aquel confort estremecido, el alivio de estar dentro, al calor y en compañía. También noto el frío de fuera, la humedad que se debía calar hasta los huesos y la soledad del mundo, allá, al otro lado del cristal.

Recupero el olor cálido de la ropa recién planchada envolviéndonos dentro de casa y pienso que sí, que la lluvia me sigue gustando.

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