lunes, 4 de junio de 2007
Vida interior, naturaleza y braseros
Éste es un post que he empezado a escribir varias veces y en varios soportes (papeles sueltos, en un fichero previo, aquí) y que, hasta ahora, no había conseguido acabar. Incluso ahora no estoy seguro de si lo estoy acabando o, simplemente, me libro de él para no tener que seguir dándole más vueltas. Supongo que hay algo de pudor en esa dificultad para ponerlo por escrito. Me temo que es un poco más poético o sentimental de lo habitual y, lo confieso, me da un poco de vergüenza dejároslo leer.
La situación que describe ocurrió hace ya unas semanas y estaba esbozada en unos papeles sueltos que escribí entonces, pero se quedó sólo en esbozo. El problema es que los papeles andaban pasando de un bolsillo a otro desde entonces, sin que me decidiera a tirarlos. Así que, al final, he tomado la decisión de volver a intentarlo.
Se trata de un fin de semana que fue en si mismo una contradicción. Salíamos huyendo de un compromiso familiar (la típica comunión de una prima segunda a la que te invitan por compromiso) y nos encontramos cumpliendo con otro diferente. Aunque éste último era bastante más agradable de cumplir que aquel del que huíamos. Se trataba de la visita anual a las tías (y el tío) de A.
Pero está es sólo la primera de las contradicciones del fin de semana. Hubo más.
Una vez que te alejas del barullo de la carretera de La Coruña, se trata de un bonito viaje, especialmente desde Ávila y que aun mejora según te acercas al tramo final, en el que te encuentras bordeando la zona de Gredos. Si, como era el caso, te encuentras en plena primavera, el paisaje de sierra y dehesas, de encinas en flor y de todo tipo de plantas llenas de flores silvestres, intercaladas con enormes y caprichosos bloques de granito, todo al lado de una carretera a veces hasta menos que rural, tiene un encanto muy difícil de describir pero muy seductor.
Por lo tanto, el fin de semana empieza bien. Paramos en Piedrahíta, que es un pueblo con bastante encanto. Paramos también a "hacer pis", en medio del campo y sólo un kilómetro después, como suele suceder si viajas con niñas en edad de molestar. Nada diferente de lo habitual.
Es una pena que el final del trayecto baje bastante la media. El destino es un pueblo situado en un entorno natural privilegiado, pero que ha sabido crecer de espaldas a él. El resultado es, en algunas zonas del pueblo, mediocre y sin demasiado encanto y, en la mayor parte de él, directamente feo. Yo suelo decir que "murió de éxito". La riqueza, unida al mal gusto, tiende a producir un crecimiento urbano destructor y muy feo. Esto es más grave si uno tiene en cuenta que sólo con salir un poco al campo o a los pueblos, más pobres, de los alrededores, la cosa mejora espectacularmente.
Ésta es la segunda contradicción. Un sitio bastante feo, con un entorno natural especialmente bello.
Pero éste estaba destinado a ser un fin de semana de contrastes, así que continuaron las contradicciones, alguna de ellas menores, como que el sol primaveral dejó paso a unas tormentas que, sin previo aviso, convirtieron las calles en torrentes de montaña.
Pero entre todas ellas, destaca una que he sentido casi siempre que he estado por allí y que esta vez, creo que ayudada por el clima, sentí todavía con mayor intensidad.
Por una parte allí tengo una sensación muy fuerte de lo que puedo llamar "vida interior". No hablo de una sensación mística o de una profunda reflexión filosófica. Hablo más bien de una sensación de encierro. Una vida de mujeres mayores, encerradas en sus casas la mayor parte del tiempo. Atrapadas en sus recuerdos, en sus costumbres, en sus rutinas cotidianas y oscuras, en sus propias limitaciones físicas, en el tipo de ideología, de creencias, de vida que les han enseñado a vivir.
No puedo evitar sentir cierta claustrofobia. Una necesidad, sorda pero constante, de salir de allí y, al mismo tiempo, una sensación liberadora al saber que yo sólo estoy allí de paso, que esa no es la vida que me ha tocado en suerte.
Por otra parte, allí me resulta muy fácil contactar con la vida que está en el exterior, con la Naturaleza (así, en mayúsculas, como la escriben algunos panteístas). Sólo necesito salir a dar un paseo por la dehesa o hasta la orilla del "río", que en realidad es un embalse. Entonces, todo es abierto, luminoso, libre, ... Esta sensación sí que tiene algo de metafísico o espiritual. El campo abierto, la naturaleza un poco salvaje, el silencio ruidoso de los insectos y los pájaros, la primavera (o el verano o el otoño) adueñándose de esos espacios castellanos, ... Tumbado en la hierba, recostado contra un árbol o una roca, con todos los poros de la piel muy abiertos, podría dejar pasar las horas muertas respirando esa paz, esa sensación de plenitud, de libertad, de eternidad que sólo la naturaleza tiene.
Pero, incluso en esos momentos, no puedo evitar sentir cierta ansiedad. Una angustia, suave pero también constante, al saber que no puedo quedarme allí, no necesariamente en ese campo o en ese pueblo, pero sí pegado a ese mundo natural y auténtico. Al saber que yo sólo estoy allí de paso, que esa no es la vida que me ha tocado en suerte.
Ahora se me viene al recuerdo una de las primeras sensaciones que recuerdo de esas visitas. Debía de ser invierno, otoño o una primavera más temprana que la de esta última vez, porque hacía más frío, al menos dentro de las casas. Y recuerdo el interior de las casas porque allí se producía otra gran contradicción. La provocaban el brasero y la mesa camilla combinados con la temperatura relativamente baja del interior de las casas. Conseguían dejarme los pies ardiendo y la espalda helada. Todo al mismo tiempo.
En cierto modo, ese "calor frío" o ese "frío cálido" tenían algo de simbólico o premonitorio que entonces no supe percibir.
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lunes, 28 de mayo de 2007
Atrapado en el tiempo
Hace unos días volví a oír hablar de una película intrascendente, que recuerdo haber visto en un autobús hace ya muchos años y que había olvidado por completo. Se trata de Atrapado en el tiempo, con Bill Murray y, la entonces guapísima, Andie MacDowell. No me atrevo ni a recomendarla ni a no hacerlo, ya que confieso que no dejó en mí ninguna huella.
Supongo que será la película perfecta para verla en casa, después de comer y cuando la digestión haya reducido el riego sanguíneo del cerebro lo suficiente como para que te dé lo mismo ver un documental sobre el románico palentino, un programa de cocina, un culebrón o una película intrascendente.
Conozco ese estado físico-mental y me parece altamente recomendable no intentar ver o hacer nada profundo en esos momentos: podría tener peligrosos efectos secundarios no descritos en la actual literatura médica, pero no por ello menos dañinos.
Como, por una imprevisible carambola, esa película ha venido desde el "Emule" a mis manos (aunque parezca surrealista, estaba de relleno en un DVD que me pasaron con Babel ), es posible que próximamente ponga en práctica la teoría de que verla puede ser una buena opción para esos estados de baja actividad cerebral posteriores a la comida del sábado o domingo. Ya os contaré si ha funcionado.
(Por cierto, parece menos surrealista que Atrapado en el tiempo y Babel estén en el mismo lote, si uno conoce a los personajes culpables de ese "mestizaje". No puedo hablaros de ellos porque eso sería hablar de trabajo y ese es un tema prohibido en este blog, salvo caso de necesidad extrema.)
Ahora vuelvo a lo mío, que es que esta película me sirve para reflejar la sensación que he tenido al conocer los resultados en Madrid de las elecciones de ayer. No sé si lo sabéis o recordáis, pero la historia de Atrapado en el tiempo se basa en que su protagonista, por "arte de magia", se encuentra con que un mismo día se repite sin que avance la fecha. Como dato complementario, os recuerdo que se trata de El día de la marmota, que, por cierto, es el título original de la película.
Recuerdo que la mayor (¿o la única?) alegría que me supuso empadronarme en Madrid era la posibilidad de votar "contra Manzanares", como decíamos Mk. y yo, hablando del ínclito Álvarez del Manzano.
Desde entonces han pasado varias convocatorias electorales y continúa sin haber forma de librarse de que los alcaldes de Madrid y los presidentes de la Comunidad sean del PP.
Si el caso del alcalde mejoró un poco (pero muy poco) al cambiar a Álvarez del Manzano por Ruiz-Gallardón, el del presidente de la Comunidad, empeoró aun más, al traernos a la inefable e insufrible Esperanza en el lugar de Ruiz-Gallardón.
Hoy lunes, cuando me estaba despertando y oía en la radio que mis ilusiones de cambio no sólo no se habían cumplido, sino que incluso el PP había mejorado en sus resultados, no he podido evitar esa sensación de estar atrapado en el tiempo. Es como si la misma mañana post electoral se repitiera una y otra vez.
No parece que haya solución para los madrileños, que parecen dispuestos a votar a la derecha de forma indefinida.
Al mismo tiempo, no sé si por culpa de la hora o del día ... también me he sentido en El día de la marmota. Como veis, en un alarde de esnobismo, me he identificado tanto con la versión original-traducida como con la traducida-adaptada del título.
¿Tendré que hacérmelo mirar?
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jueves, 17 de mayo de 2007
Los paraísos perdidos.
Hace ya unos cuantos días, por casualidad, me llegó una noticia que hablaba del director de cine Basilio Martín Patino y que tenía uno de esos enlaces que no puedes dejar de pulsar. En este caso era a su página web personal, en la que, entre otras, se hablaba de una película titulada Los paraísos perdidos.
No sé por qué, pero últimamente me encuentro con títulos de libros o de películas que me sugieren cosas que conectan directamente con otras de mi vida cotidiana y que parecen propuestas para posts como éste. Parece como si hubiera creado, sin querer, una sección Los títulos de mi vida.
No recuerdo haber visto esa película. Por lo que dice su ficha, habla de una mujer que vuelve, muchos años después, al territorio de su infancia y se reencuentra con los lugares y personas que compusieron su entorno antes de su marcha, en este caso al exilio. En este contexto reflexiona, imagino que con mucha nostalgia, sobre "los paraísos perdidos".
Como decía Jorge Manrique, a veces parece que "todo tiempo pasado fue mejor" o que los únicos paraísos posibles son los perdidos. Algunas veces perdidos incluso antes de conseguirlos. Serrat también dice en su canción Lucía que "no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí".
Parece como si hubiera una confabulación de poetas, cantantes y cineastas para hacernos creer que el paraíso está en nuestro pasado, en las cosas que hemos ido dejando atrás, en nuestra infancia, .... Se trata de un eslogan, que diríamos ahora, que tiene mucho éxito desde el principio de los tiempos. Por lo menos desde que existe la literaruta.
Todos sabemos que, en el fondo, es falso. Que en el pasado hemos tenido episodios tan desagradables, aburridos o tristes como alguno de los actuales. Y que, las que ahora parecen pasadas etapas de felicidad perfecta, no lo eran tanto. Por ejemplo, antes y al lado del primer beso adolescente, hay todo tipo de incertidumbres, miedos, ... hasta situaciones ridículas. La distancia y la nostalgia tienden a hacer que sólo recuerdes el beso y que olvides el resto de las situaciones vitales que lo rodearon y que, en realidad, fueron mucho más largas.
Algo parecido me sucede (creo que no sólo a mí) en mis periódicas visitas a mi paraíso perdido particular: mi pueblo, mi familia, ... . Recupero sólo la parte bonita de todo ello. Para mí es un lugar en el que siempre es fiesta o se está de vacaciones, casi siempre el clima resulta un alivio comparado con el que dejo en Madrid, me siento querido y acompañado por la familia, ... En resumen, casi sin quererlo, me fabrico una imagen idílica (tipo "fueron felices y comieron perdices") de la que no consigo librarme del todo a pesar de las dosis de realismo que intento aplicar.
Resultado: cada vez que salgo de allí con destino al previsible atasco de vuelta y al trabajo de los días siguientes, no puedo dejar de tener esa terrible sensación de, una vez más, estar siendo expulsado del paraíso.
Sé que es una sensación engañosa, que el paraíso al que cualquiera puede y debe aspirar está en su futuro. Que, cosa que me gustaría especialmente, puede estar allí, cerca de mis orígenes y mi familia, o en otro sitio. Que lo del pasado y la nostalgia son una especie de ilusión óptica, un ... engañabobos.
Eso lo sé, pero lo otro lo siento.
Deben ser muchos años de promoción de los dichosos "paraísos perdidos", pero cuando leí el título de la película, no pude evitar sentirme identificado.
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lunes, 14 de mayo de 2007
Ausencia
Por si a alguien le había entrado la duda, no he abandonado este blog. Lo que sucede es que, durante unos días, he estado fuera de mi entorno habitual y se me han complicado un poco las cosas.
Se trata de ese tipo de "complicación" tan pernicioso para alguien como yo y del que ya hablaba en un post anterior. Consiste en que, como no encuentro el momento perfecto para pensar o escribir, voy dejándolo para otro rato en el que todo parezca más fácil. Como ese momento no acaba de llegar, resulta que descubres que han pasado diez días y no has escrito nada de lo previsto, a pesar de haber empezado varias veces a hacerlo y tener incluso alguna ¿buena? idea para un verdadero post.
Por el momento sólo hay esto: un "texto de circunstancias" para asegurarme de que mis pocos, aunque muy fieles, visitantes aguanten este periodo de sequía creativa.
No os prometo nada mejor en un periodo breve, ya que hoy vuelve a ser "lunes-viernes" en este mes de mayo madrileño tan festivo. Estas semanas alternativas, tan buenas para la salud, son muy malas para mi creatividad literaria.
Va a ser que necesito trabajar cinco días seguidos y en un mismo sitio.
Voy a tener que hacérmelo mirar.
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viernes, 4 de mayo de 2007
¿"Semana blanca" o "semana en blanco"?
Por el precio de una, tienes dos semanas, cada una con su correspondiente fin de semana y con la increible cantidad de días laborables de uno, en su variante más corta, y uno y medio (los viernes "de verdad" no trabajo por la tarde), en su variante larga.
Ayer quería patentar este formato de semana y hacerlo obligatorio para siempre, aunque pensaba que quizá resulta más funcional si los colegios sí que abren los "fines de semana irregulares". De esta forma nos dejarían a los "sufridos padres" disfrutar realmente de nuestro "merecido" tiempo libre.
Sin embargo me surge una pequeña duda: ¿Si esta "semana-con-doble-fin-de-semana" es tan estupenda, por qué tengo la sensación de que no he tenido tiempo de hacer nada, ni en el trabajo, cosa previsible, ni fuera de él? En cierto modo, lo que iba a ser una "semana blanca" (como aquella que se cogían o cogen los estudiantes "modernos" para ir a a la nieve) se ha convertido en una "semana en blanco".
Hoy estoy pensando que la clave está en que el modelo de semana es mejorable: yo (y mis amigos y familiares directos, salvo niños) estaríamos siempre de fin de semana y los demás trabajando, cada uno según su capacidad o necesidad.
Es más divertido el ocio cuando, para los demás, es un día laborable normal.
Por otra parte, esas pequeñas pausas en el ocio para ir a trabajar no le dejan a uno centrarse en lo importante. Por ejemplo, hasta hoy no había encontrado un hueco para escribir este post.
Definitivamente, hasta lo bueno es mejorable. Aunque, si no hay más remedio, estaría dispuesto a probar este modelo unas cuantas semanas más, para ver si le voy cogiendo el tranquillo.
El periodo de prueba podría ser ... ¿desde hoy hasta el final de 2050?
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martes, 24 de abril de 2007
Primavera con una esquina rota
Uno de los mejores casos que recuerdo es uno de Mario Benedetti que se titula "Primavera con una esquina rota". Confieso que no recuerdo gran cosa de lo que cuenta, pero sí que me gustó mucho cuando lo leí (gracias a N. que me lo sugirió y prestó). Por lo tanto, me atrevo a recomendarlo, aunque sin poder dar muchos detalles.
Lo que nunca he olvidado es el título. Me parece que describe, de una forma difícil de mejorar, una sensación que a todos nos asalta de vez en cuando. Como, por ejemplo, hoy mismo.
Resulta que, hace un par de días, había decidido escribir un post sobre la primavera, vitalista, positivo, lleno de ilusión, ... Creo que es sano pensar y escribir de forma optimista de vez en cuando. Probablemente ayuda a ser más feliz.
Todo empezó cuando los pasados días había ido disfrutando esa sensación liberadora que produce el poder vivir con las ventanas abiertas. Especialmente en una ciudad como Madrid, en la que el invierno y el verano son tan hostiles que te obligan a vivir la mayor parte del tiempo con las ventanas y puertas cerradas para protegerte del frío y del calor. En estas pocas semanas de verdadera primavera y algunas del otoño, uno puede dejar las ventanas abiertas, salir a la calle, sentarse al sol, ... sin miedo a congelarse o a asarse. Además, las plantas crecen a toda velocidad y echan flores. Es un gusto estar en la calle o, en mi caso, simplemente en la terraza.
Aunque estés en una gran ciudad, en cierto modo, te llega esa sensación de plenitud y de cercanía con la naturaleza de la que llevan hablando los poetas por lo menos desde el "Beatus ille" de Horacio. Te sientes un poco más cerca de la tierra y más lejos del mundo, algunas veces tan hostil.
Desgraciadamente las cosas, aunque puedan parecer perfectas, casi siempre tienen una "esquina rota" (o varias, algunas veces).
Esta primavera tan luminosa y agradable, también es la época en que se despiertan parte de los fantasmas con los que les ha tocado convivir a algunas de las personas a las que quiero.
Unos son relativamente inofensivos, como la "preocupación estacional" por los kilos de más en la cintura, ahora que uno empieza a imaginarse en bañador.
Otros de esos fantasmas son más difíciles de sobrellevar, como las alergias o la desgana existencial (llámese tristeza, malestar, astenia primaveral, ... depresión). También ellos son los reyes de la temporada.
Quizá somos tan urbanos que ya hemos perdido una parte de nuestra capacidad de disfrutar de la naturaleza sin efectos secundarios o que la cosa no es tan sencilla y, como se empeña en decirme esa sensación de la que os hablaba, la primavera, el verano, el otoño o el invierno casi siempre tienen alguna esquina rota.
Habrá que intentar agarrarse a las que están intactas ¿no?
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martes, 17 de abril de 2007
Sana envidia
En mi descarga, tengo que decir que, dentro de lo que cabe, siento una variante sana y saludable de la envidia. En lugar de odiar a las personas a las que envidio e intentar que dejen de hacer o de disfrutar aquello por lo que las envidio, lo que hago es admirarlas un poco y, en algunos casos al menos, intentar hacer también yo lo mismo.
Y hablo de hacer, más que de tener. Es verdad que me encantaría tener algunas cosas que tienen otras personas (dinero, casas, coches, trabajos, ... suerte), pero lo que envidio de verdad son las cosas que algunas personas son capaces de hacer a base de su esfuerzo, creatividad o valentía personal.
Por ejemplo, envidio a las personas que escriben novelas o canciones que me gustan. A los que las cantan. A los que hacen películas. A los que pintan. A los que hacen (y conservan) amigos con aparente facilidad. A las personas que saben expresar en cada momento aquello que hace falta. A ...
Pero a las que más envidio (insisto que de manera muy sana) es a las personas más cercanas a mí y que, calladamente a veces, tienen la habilidad, valentía, el humor o la santa paciencia de hacer cosas que a mí me gustaría haber hecho y, por torpeza, cobardía, desgana o falta
de constancia, no he hecho, a pesar de que probablemente eran cosas que estaban a mi alcance.
No hablo, en general, de grandes retos. Hablo de cosas alcanzables, incluso relativamente fáciles.
Hace poco escribía sobre un escritor que conozco y sobre su última novela. Ese es un buen ejemplo de la gente a la que envidio. Gente normal, que podría ser como yo. Alguien que un día se propuso escribir una novela y, en lugar de posponerlo y dejarlo para otro momento en que todo le venga mejor, tuvo la valentía de ponerse hacerlo. Le salió mejor o peor (en este caso bastante bien), pero eso no es lo más importante. Lo que realmente importa es que quería hacerlo, era capaz de hacerlo, aunque requiriera un esfuerzo, y tuvo la osadía de
intentarlo.
Otro buen ejemplo es A. Un día se propuso hacer un blog (tantaka) y, uno detrás de otro, fue escribiendo todo tipo de posts, ácidos o más dulces, tristes o más alegres, más cortos o más largos, ..., divertidos la mayoría y, sobre todo, muy "de verdad". El resultado es muy coherente y, me consta, muy bien valorado por las personas que lo leen.
Confieso que el factor definitivo para hacer este blog fue la envidia de lo que A. había hecho. Hace ya casi dos años yo mismo ya había empezado otro blog que sólo tuvo su post fundacional. Nunca tuvo su continuación, porque la fui posponiendo, dejándola para el día siguiente, hasta que la cosa dejó de tener sentido.
Está vez empecé de nuevo por "sana envidia" y creo que, por esa razón, la cosa va más en serio. Con ésta, ya tengo diez "continuaciones" y estoy empezando a cogerle el gusto ... o a perderle el miedo. No sé cuál es la frase que describe mejor este estado.
Como veis, algunas veces la envidia es sana.
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miércoles, 11 de abril de 2007
Extraños en un tren
Por si alguno no se acuerda, os la recuerdo.
Se trata de esa historia en la que dos extraños se encuentran en un tren y uno de ellos propone al otro (que en este caso sería yo) cometer un asesinato cruzado. Cada uno de ellos asesinaría a alguien que le molesta al otro y nadie sospecharía de ninguno de ellos. El otro, no se lo toma muy en serio y cree que la cosa ha acabado ahí. Pero un tiempo después descubre (descubro) que la cosa iba en serio y que su interlocutor en el tren era un asesino de verdad.
En el caso de este post, el título sólo es una referencia un tanto cinéfila a una sensación que he tenido varias veces y, en una de las últimas ocasiones, de una forma especialmente intensa. Aunque, hasta ahora, sólo se habían parecido de forma muy remota a la situación de "Extraños en un tren".
Estoy con una persona en una situación relajada y de aparente cordialidad. Podríamos parecer (incluso ser) amigos o, por lo menos, pasar por personas que tienen una relación estrecha entre sí. Si no amigos, al menos viejos conocidos. Detrás de un cristal o vistos a través de una ventanilla de tren daríamos la imagen perfecta.
Sin embargo, debajo de esa apariencia de cordialidad y proximidad, nos comportamos como lo que somos, unos verdaderos extraños que no tienen la valentía necesaria para romper el engaño. Es como si los dos supiéramos que, al deshacer el hechizo creado por esa apariencia de amistad, todo se iría por los suelos y, desnudos de prejuicios y disfraces sociales, no quedaría más remedio que dejar de hablar inmediatamente y marcharnos cada uno por nuestro lado. Quizá sin despedirnos. En el fondo, no tenemos nada que decirnos, ni ganas de hacerlo.
Es una situación muy desagradable. Da frío. Como en la historia, a veces llegas a la conclusión, de que no sabes nada de la otra persona o, al menos, de cómo es ahora.
Con los años, uno aprende a tener ese tipo de relación falsamente cordial con gente con la que sólo tiene una relación muy superficial, muchas veces por trabajo. Supongo que es parte del oficio de hacerse mayor y, en general, no pasa nada. No me afecta mantener esa ficción. Al fin y al cabo, se trata de trayectos muy cortos, de tren de cercanías o de metro.
Cuando te sucede con una persona con la que sí que has compartido muchas cosas y hasta se podría decir que sois amigos, la cosa es diferente. En estos trayectos de largo recorrido, no puedes evitar buscar un culpable, una especie de traidor, algo que lo explique todo.
En tu interior surge la pregunta: ¿quién o qué ha hecho que las cosas dejen de ser como eran?
Al mismo tiempo surgen respuestas y, con ellas, los culpables.
Normalmente tienden a ser el tiempo y la distancia, combinado con amistades tuyas o suyas o estilos de vida incompatibles con el mantenimiento de esa relación. No pasa nada. No hay un culpable claro. Sólo hay una pérdida, la mayor parte de las veces irreparable.
Algunas veces simplemente descubres que no se ha perdido nada. Nunca lo había habido. La amistad nunca ha existido y sólo se trataba de una ficción como la de ahora, pero te ha faltado lucidez para verlo hasta este momento.
Otras veces sí hay un culpable. Un traidor.
Éste es el caso que me ocupa hoy. La última vez que me ha pasado, ha sido él el que se había convertido en un "asesino" o quizá ya lo era cuando nos conocimos en aquel "tren". Él era un extraño cordial, simpático incluso, que parece que creyó que yo era o podía llegar a ser un "asesino", como él.
Yo, al principio, no podía llegar a creer que la cosa fuera en serio, aunque ya entonces empecé a tener muchas dudas. Desde hace algún tiempo, ya no me queda ninguna duda: él era ya un "asesino" (¿sólo en potencia?) ya desde el principio.
Una vez más, estamos en un compartimento de tren y esta vez somos ya, sin ninguna duda para ninguno de los dos, una par de "extraños en un tren". La diferencia es que ahora, ninguno de los dos es inocente. Yo soy más sabio (son las ventajas de la edad y la experiencia). Él se ha puesto en evidencia varias veces después de aquella primera vez. Ya no queda ninguna duda de hasta dónde puede llegar.
Para poder mantener la ficción de cordialidad necesaria para representar esta escena, él no tiene más remedio que desviar la mirada. Se nota que tiene miedo de que sus ojos revelen lo que la
conversación intenta ocultar. Elige las palabras con cuidado y sólo me mira cuando es imprescindible. Nunca de frente. Sabe que es un traidor, el "asesino real" que hacía falta en esta historia. Sobre todo, sabe que sus ojos pueden traicionarlo y hacer que la ficción sea insostenible.
Lo que no sé si sabe es que ya hace mucho tiempo que no me puede ocultar nada. Hace mucho tiempo que sé lo que piensa y hasta dónde puede llegar. Sé que él es el verdadero "asesino" de esta historia. Afortunadamente, nunca, ni por un momento, llegué a creer que fuéramos amigos y hace ya años que no tengo nada que decirle, ni ganas de hacerlo.
Seguimos manteniendo la ficción de la charla cordial una vez más. Pero está claro desde el principio que somos dos "extraños en un tren".
Él quizá sienta el frío en la espalda que dejan estas situaciones. Yo no siento ni frío ni decepción.
Sólo hastío y prisa por salir de este compartimento.
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miércoles, 4 de abril de 2007
Vuelvo a estar solo
Es el que me ha hecho comprender que vuelvo a estar solo.
La pasada semana tuve un éxito repentino, que, por un momento, me creó una pequeña crisis de identidad editorial al tener que pensar en una audiencia "masiva" de unas veinte visitas en un solo día. Pero ahora todo ha cambiado. Creo que ayer no pasé por aquí más que yo mismo. Y hoy vamos por el mismo camino.
Me consuela pensar que ésta es una semana un tanto rara y algunos de mis posibles visitantes no están en sus casas o puestos de trabajo, pero eso no impide cierta sensación de fracaso. Los suecos, por poner un ejemplo, no han vuelto nunca después de aquella primera visita accidental. Además, ningún visitante ha dejado ningún comentario (reconozco que yo tampoco suelo hacerlo cuando visito otros blogs, aunque me guste o interese lo que leo).
Se supone que yo había hecho este blog para probar y, sobre todo, para mí mismo. El que alguien lo leyera no entraba en mis cálculos iniciales.
Ahora me estoy dando cuenta de que igual sí que quería que alguien lo leyera y que ese era el objetivo último de crearlo. En el fondo, va a resultar que, detrás de nuestra aparente timidez para escribir cosas y hacerlas públicas, lo que hay es un miedo terrible a que no le interesen a nadie y hacer así el ridículo más estrepitoso, que es ofrecer cosas que no le interesan a nadie.
Debe de ser que somos más vanidosos de lo que nos gusta reconocer y que a todos (o a casi todos) nos gusta recibir eso mismo que nos avergüenza un poco cuando lo recibimos de forma muy ostentosa: el "calor del público".
Creo que debería dejar de mirar el contador. Me produce muy mal efecto. Me pongo profundo y aburrido (¿y un poco pedante?).
Lo que sí pienso seguir haciendo es escribir posts para este blog.
Ahora ya es una cuestión de ... principios.
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martes, 3 de abril de 2007
Por tu cuerpo (un fragmento de Piedra de Sol)
Hace unos días volví a escuchar, en cierto modo de manera casual, una canción que allá por los primeros noventa (¿año 1990 o 1991?) escuchaba todas las semanas y en muy buena compañía. Esa compañía incluía a unos cuantos buenos amigos y amigas y al propio interprete, Luis Pastor, que actuaba todos los jueves en el Café del Foro, en Madrid. Se trata de un local relativamente pequeño, por lo que, aunque estés de pie en la barra, estás al lado del escenario y te sientes, en parte, protagonista de lo que está pasando.
Luis Pastor (http://www.luispastor.com/) no ha sido nunca un cantautor de masas, aunque tuvo cierta popularidad hace ya muchos años. Ya en estos primeros años noventa en que yo lo conocí de cerca era una vieja gloria venida a menos, con la voz un tanto rota y actuando en un local pequeño y no especialmente todas las semanas. Tenía y sigue teniendo ese aspecto de haber bebido o fumado más de lo recomendable y, al mismo tiempo, esa especie de aura mítica que también tienen los Rolling Stones o algunas otras grandes estrellas y que deja muy claro que siguen guardando dentro muchas esencias.
En esos conciertos "en familia", yo esperaba con especial impaciencia a que cantara una canción que, para mí, era el clímax de la actuación. Él siempre la presentaba como una canción basada en un poema de Octavio Paz y que había titulado "Por tu cuerpo". Esta canción es posiblemente una de las más bonitas que he oído.
Busqué durante un tiempo el poema original y, al final, descubrí que la parte musicada por Luis Pastor es una parte mínima de un enorme poema titulado "Piedra de Sol". Los primeros versos de ese poema, por si alguien quiere buscarlo, son:
"Piedra de Sol" (Fragmentos)
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo, (...)
La parte que Luis Pastor convirtió en la canción "Por tu cuerpo" es la siguiente:
voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,
vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño en esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,
tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,
voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina,
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas, (...)
Aunque no es exactamente la misma versión que yo recuerdo (la de mis recuerdos se parece más a la del directo grabado en Mérida, que no encuentro por ningún sitio, salvo en mi casa), podéis escucharla aquí:
Quince o dieciséis años después, al volver a escucharla, he comprobado que sigue pareciéndome una canción muy especial. Probablemente porque los versos de Octavio Paz también son muy especiales.
O quizá es que no he cambiado tanto como parece en estos años ...
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